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-Lo prometo, dos y tres. Iré.-

Era la quinta vez que lo confirmaba. Quinta.
Asentía una y otra vez mientras ambos me observaban con ojos brillantes, celebrando que aceptara ir a la feria familiar de su instituto. No entendía tanta algarabía si todos los años iban con su padre, pero decidí no cuestionarlo.

No podía quejarme.
Tenía todo bajo control, como mi apellido lo precedía. Aunque había ciertas irregularidades que seguían alterando mi tranquilidad: las preguntas de los chicos. Insistentes. Incoherentes.
¿Cómo era posible que alguien con un coeficiente intelectual respetable no supiera la capital de Irlanda?

Me consideraba sobredotado... hasta que chicos de diez y siete años comenzaron a preguntarme cosas de estudios sociales y me vi, sin orgullo alguno, buscándolas en Google.

A veces pienso que estoy enamorado de una forma tan estúpida que tolero dos niños con preguntas absurdas, un omega que vive en las nubes y un estudiante brillante que analiza absolutamente todo.
Diosa, ¿recuerdas cuando era soberbio y autoritario? Haz algo, porque si no me explota la cabeza por culpa del omega, lo harán las preguntas.

Namjoon me había salvado más de una vez de responder cosas como:
¿Por qué la profesora no explicó qué es el nudo de un alfa dominante?
No sabía cómo un beta como Jimin iba a lidiar con dos alfas y un omega —por ahora—. Lo más probable es que Seokjin también se presentara como alfa. Jimin iba a terminar crucificándose.
Por mi parte, quedaría la incómoda bi-curiosidad.

Según mis cálculos, ese día se cumplían dieciocho meses de relación.
No recordaba haber propuesto celebrar nada. De hecho, cuando me enteré del primer mes, Jimin ya me estaba entregando una caja de bombones.

Por primera vez, fui yo quien recordó y compró algo.
Señoras y señores, oficialmente: hoy murió el antiguo Jeon Jungkook.

—El color de nuestra familia es rosa —anunció Taehyung con solemnidad—. Tienes que venir el domingo con una camisa polo rosa. Esa es la regla. Yo usaré la de Namjoon, Hoseok la mía, Seokjin la de Hoseok, y papá tiene que comprarle una a Namjoon y a Parkoo, porque la ropa de papá no le queda ni a él ni a ti.

—No necesito que Jimin me compre una camisa —respondí—. Si quisiera, podría cambiarles el guardarropa a todos, pero estoy muy ocupado.

—¿De verdad puedes comprar una camisa? —preguntó Seokjin, dudando—. Yo... tú... ¿podrías regalarme una nueva, por favor?

—¿Por qué no se lo pides a tu padre?

No se me ocurría una sola razón por la cual Jimin le negaría algo tan sencillo.

—Para pedirle algo a papá, primero hay que preguntarle a mi hermano mayor... —murmuró bajando la cabeza—. Yo le pregunté y dijo que no debía pedirle vanidades a papá...

Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Namjoon era un buen hermano, pero a veces olvidaba que  también estaba bien querer verse bonito.

—Está bien —dije finalmente, limpiándole una lágrima a Seokjin—. No llores. Hablaré con Namjoon sobre esa regla estúpida. Vamos al centro comercial. Pregunta a tus hermanos si quieren ir y alístense.

Me incliné a su altura.

—Tienes quince minutos. Si no bajas en ese tiempo... no vamos.














-¿Por que jodidamente no me dijiste que es tan difícil salir con cuatro chicos?.- Murmure al teléfono intentando mantener la calma. Hasta ese momento ya había ido al baño tres veces, entrado a una cafetería, pastelería y shoes store.

-Cariño, gracias por salir con ellos — respondió Jimin —. No imaginé este escenario, Kook. Salgo en un par de horas. ¿Voy a la casa o al centro comercial?.-

-Me vas a reembolsar esto y sacarme este estrés con una buena follada de cuatro horas — gruñí—. No te rías.

-Es inevitable —respondió entre risas—. Estoy ansioso por verlos, te llamo cuando llegue. Te amo.

Colgó.

Nunca le devolví esas palabras.
Sentía que decirlas en voz alta abriría algo demasiado grande, demasiado definitivo. Me aferraba a un pasado que ya estaba muerto, pero la verdad era que le tenía miedo al futuro

—Encontramos las camisas, Jungkook —llamó Namjoon.

—Soy talla cuarenta y dos —dije—. Elijan lo que necesiten y vayamos a comer, porque si seguimos dando vueltas, Taehyung me va a pedir un auto.

Compartimos una sonrisa y se fue con sus hermanos.
Al acercarme a la caja, entendí que no serían solo unas cuantas camisas.

—Ni te molestes, Taehyung —le dije al omega que se me acercaba con una sonrisa brillante y cuadrada—. Escoge lo que quieras. Al que debes escuchar es a Namjoon; él fue quien te hizo dejar esos zapatos en el otro almacén.

—Eres el mejor, Parkoo —dijo antes de salir corriendo.

No pude ocultar la risa cuando escuché la negativa frustrada de Namjoon.











—Ustedes eligieron un banquete —saludó Jimin al llegar.

No tenía idea de la batalla que había sido decidir. Todos querían algo distinto. Namjoon intentó imponer orden, pero al ver los ojos acuosos de los números dos y tres, intervine: cada uno podía escoger lo que quisiera, siempre que se lo comiera todo.

Namjoon se fue por ramen, Taehyung por hamburguesa, Hoseok por Kentucky y Seokjin por tacos. Pedí sushi para Jimin y para mi.

Cuando se sentó a mi lado, todo se desvaneció.
Las risas de los chicos quedaron lejos. Jimin hablaba, gesticulaba, pero no escuchaba nada. Solo a mi lobo interior, susurrando:

Familia.
Compañero.
Familia.
Amor.

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