¿Y si la realidad va más allá de lo que vemos?
Maia Marlow no lo sabe, pero es de las pocas personas capaz de viajar entre realidades alternativas. Un día cualquiera, unos agentes del servicio de inteligencia la encontrarán y le asignarán una misión...
Le dolía tanto la cabeza que le resultaba casi imposible mantener los ojos abiertos. Sentía que el cuerpo le pesaba toneladas, que sus pies eran de plomo y que la sangre se había intercambiado por algo sólido.
Como el mundo en el que se encontraba.
Maia recuperó el equilibrio apoyando las manos en las frías baldosas que recubría el suelo de la tienda. Esta vez, no había gotas de sangre que las manchasen. No se molestó en contar hasta tres porque, en los últimos días, había emprendido que de golpe todo duele menos; al menos al momento. Se puso en pie.
Todo dio vueltas a su alrededor. Se tambaleó, pero fue capaz de aferrarse a uno de los muchos carriles de perchas que la rodeaban. Varias camisetas cayeron al suelo. Amontonadas, se arrugaron. Observó en derredor, pero no había nada. Ni nadie. No supo si el silencio la calmó o si la asustó más.
La tienda estaba cerrada, pero no su corazón, que empezó a palpitar con fuerza y una brusquedad que le impedía respirar con normalidad. Debía analizar la situación. Sin embargo, solo pudo pararse a descansar: se sentía agotada.
Derrotada.
No le costó cerrar los ojos, sí alejarse de la migraña que le invadía la vista. Aun así, enseguida comprendió cómo había llegado hasta allí. Recordó los gritos, el enfado, el miedo y el "quien no arriesga no gana" de quienes estuvieron en la sala de pruebas. Pero, sobre todo, recordó cada pinchazo.
Maia gritó. Gritó por todas las decisiones que había tomado y que la habían llevado hasta este preciso momento. Gritó de ira, de rabia, de desconfianza, de lo defraudada que se sentía con quienes creyó ser sus compañeros; también con ella.
Se sentía su propia víctima. «Pero no volverá a ocurrir», se prometió.
Sin embargo, no tenía modo de regresar. No esta vez. Estaba atrapada: el vial que le dio Max había desaparecido.
Aterrada, Maia abrió la mano y la cerró, como si así pudiera hacerlo aparecer. También se palpó el cuerpo de arriba abajo, pero tan solo rozó caucho sintético y húmedo. Miro hacia todos los lados, pues quizá lo habría soltado durante la caída. Dio varios rodeos por la tienda, siempre con los ojos clavados en el suelo.
Nada. Seguía sin haber nada.
Desesperada y como última opción, buscó entre las camisetas que se había caído. No había rastro de cristales rotos ni de líquido amarillento en el suelo. Pensó que quizá aquello nunca había pasado; que quizá Max nunca decidió darle un billete de vuelta. Volvió a gritar, pero primero se llevó las dos manos a la boca para así ahogar el grito. Lo hizo con tanta rabia y miedo que las lágrimas le alcanzaron los ojos y empezó a temblar entera.
¿Qué iba a hacer ahora? Maia había roto la promesa que le hizo a Jon: se había metido en un agujero del que no podía salir. Ya era demasiado tarde para ello. Porque sin la ayuda del Sinaxil, Maia era incapaz de viajar por el Multiverso.
No podía regresar a casa.
Aun así, no echó la toalla. Si iba a quedarse en esa nueva realidad por siempre, al menos intentaría encontrar un camino de vuelta a casa. A Maia nunca le gustaron las despedidas; así que ahora ansiaba un reencuentro con todas sus fuerzas. Siguió buscando y buscando, casi sin sentido. Hasta que, por suerte, distinguió algo inusual bajo una de las estanterías. Cuando se agachó a cogerlo, una sonrisa se le dibujó en los labios.
Lo había encontrado.
Sin embargo, la alegría le duró poco. Enseguida, unas sirenas policiales llegaron a oídos de Maia. Se acercó a los maniquís del escaparate que estaba junto a la puerta de la tienda y se refugió tras ellos para observar el exterior. Comprobó sus sospechas: un coche patrulla esperaba fuera, en silencio y con dos agentes con radio en mano. Junto a ellos había una mujer; era la dueña del local.
Cuando otros dos vehículos policiales se detuvieron frente a la puerta, Maia se ocultó entre las sombras de inmediato.
―¡Mantenéos unidos y atentos a cualquier movimiento sospechoso! ―gritó uno de los agentes al resto de sus compañeros.
Maia se dio prisa. Se dirigió al almacén de la tienda, saltó una pila de cajas de cartón y forcejeó la salida trasera. Nada, no hubo manera.
―¡Sabemos que está dentro! ¡Sal despacio y con las manos sobre la cabeza!
El consejo de la autoridad hizo que Maia tomara una decisión desesperada. No podía meterse en más problemas; ya tenía suficientes. Así pues, tomó carrerilla y, tras respirar hondo, se lanzó hacia la puerta con decisión. Sin embargo, no fue suficiente.
La fuerza bruta nunca fue su fuerte.
A falta de tiempo, arrancó el extintor de la pared y aporreó el pomo con él. «Mira esto, Moore», se dijo en su interior cuando la puerta cedió. Después, corrió todo lo rápido que pudo por unas calles desconocidas.
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