1 - Su voz

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Los aplausos son tan fuertes que me despiertan

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Los aplausos son tan fuertes que me despiertan. Por un momento estoy desorientada; no recuerdo dónde estoy ni por qué escucho este ruido en particular.

Siempre me he sentido muy extraña al despertar en algún lugar que no fuera mi casa, y esta no es la excepción. En realidad, incluso diría que ha sido el despertar más extraño de toda mi vida.

Los aplausos me transportan a muchos momentos de mi vida: El instante después de terminar una exposición sobre las partes de la célula, por la cual me había puesto tan ansiosa que creí que vomitaría apenas abriera la boca; la primera vez que leí un relato propio en público; el segundo en el que anunciaron que yo era la ganadora de Beautiful Voices. Incluso saben a esos momentos; tienen un fuerte gusto a algodón de azúcar, a sueños cumplidos.

Me cuesta recordar que el presente también puede saber así, que esta sensación en la lengua no pertenece solo a los recuerdos y la imaginación.

Abro los ojos. Me fijo en la forma de la ventana justo a mi lado; en lo que hay a través de ella: El ala del avión.

Claro, me había subido a un avión. Ya lo recuerdo. Y recuerdo cómo me sentí al subir por encima de las nubes, y la breve turbulencia, y lo interesante que me pareció la lectura de la mujer a mi lado.

Y recuerdo la sala de abordaje; recuerdo a la chica. Eso es lo que me hace sentir, de pronto, completamente despierta; el fuerte y rápido latido de mi corazón me recuerda que estoy viva; escucharlo en mis oídos hace que sienta sabor a café.

Justo cuando pienso en empezar a aplaudir, el ruido de la multitud muere. Las personas se levantan de sus asientos y van saliendo al pasillo solo para no poder ni moverse ahí; no hay forma de avanzar porque deben esperar a que otras personas saquen sus maletas de los compartimentos superiores.

Prefiero esperar a que los pasillos se descongestionen antes de intentar pisarlos yo misma. Me quedo sentada escuchando las conversaciones —o más bien, el sonido casi de estática que se forma cuando todas las voces se juntan— y los llantos de bebés.

No me levanto del asiento hasta que veo que el corredor está casi vacío. Me cuelgo bien la mochila y me dirijo hacia la puerta más cercana, unas ocho filas de asientos detrás de donde me encontraba yo.

Pero cuando ya me faltan solo tres por recorrer, una voz me detiene. Una voz que sabe tal como la miel.

—Disculpa —La vuelvo a escuchar, un poco más cerca.

Cuando volteo, su cuerpo está ya casi pegado al mío. Y vuelvo a sentir el gusto a café.

Es esa chica, aún más magnética y radiante que en la sala de abordaje. Más sonriente, y seguramente descansada; me sorprendería que no hubiera dormido nada en un vuelo de casi doce horas.

—Eh... —Con sus ojos sobre mí y el sabor a miel en mi boca, otra vez se me olvida dónde estoy y qué pasó hace unos pocos segundos—. Dime —Intento salvar la situación.

HoneyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora