4 - Su propuesta

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La noche en Roma está tan inquieta como mi corazón

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La noche en Roma está tan inquieta como mi corazón.

Aún encerrada en un baño sin ventanas, puedo escuchar —y sentir en la lengua— todo lo que pasa afuera. Son las nueve de la noche y, aunque aún no voy a dormir, creo que es algo tarde para estar afuera, en la calle. Pero el resto de la gente que pisa esta ciudad no piensa de esta manera; se cuela hasta el interior la risa de gente joven y el zumbido de los coches. Me pregunto si podremos escucharlos también una vez que sea hora de dormir.

Suspiro. Intento concentrarme, porque lo necesito; no me encerré en el baño para fijarme en cómo los sonidos de Italia atraviesan las paredes, sino para cambiarme de ropa.

Me desabrocho el botón del pantalón y luego bajo el cierre; la cintura de la prenda me llega a la mitad de los muslos poco después. Bajo la tapa del inodoro y me siento; sigo con la tarea de manera apresurada, pensando que ya llevo varios minutos aquí.

En casa era fácil saber cuándo ya llevaba demasiado tiempo en el baño, porque inevitablemente, después de unos dos minutos, empezaba a sudarme todo el cuerpo; en días de calor intenso, sentía que sudaba incluso bajo los chorros de agua de la ducha. Pero aquí, con aire acondicionado incluso dentro del maldito baño, es algo difícil medir el tiempo bien. Podría pasarme horas pensando sobre la tapa del escusado y no notar el paso del tiempo hasta que Honey toque la puerta preguntando por fin si todo está bien aquí adentro.

Se me eriza la piel una vez que entro en el holgado short de algodón. Siento frío en la parte descubierta de mis piernas.

También creo que se me va a congelar el torso una vez que me deshago de la blusa morada que traía, a juego con las mechas teñidas de mi pelo. No tardo mucho en ponerme la nueva prenda: Una playera negra holgada, como las que suelo llevar también durante el día... al menos en días en los que no hace tanto calor, en los que no sientes como si fueras un helado abandonado bajo el sol.

Me miro al espejo, solo por instinto. No pongo mucha atención al reflejo; ni a las arrugas que se formaron en la camiseta por guardarla en la maleta sin haberla doblado, ni a lo rara que me veo con el pelo recogido; tampoco a las ojeras que tengo, de un marrón apenas un poco más oscuro que el resto de mi piel. Solo veo que todo esté bien puesto y me cubra la piel que quiero que cubra.

Todo está perfecto. Le sonrío a mi reflejo y vuelvo a relajar el rostro antes de siquiera pensar en abrir la puerta del baño.

Aunque sé que no puedo quedarme aquí para siempre —que, en primer lugar, no debería; no se puede vivir dentro de un baño—, me cuesta un poco dejar el cuartito. Me pone demasiado nerviosa la idea de salir y ver a la chica.

También sé que ella no parece reaccionar muy intensamente a mi existencia; sí, no parece que le encante, pero tampoco la odia ni desea sacarme de la habitación. Es decir, no tendría por qué intimidarme.

HoneyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora