7 - Sus besos

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Anoche no quise dormir, hice cualquier cosa para evitarlo, porque tenía demasiado miedo a soñar con sus labios; con ese color rojo brillante, con lo suaves que deben sentirse, con la forma en la cual se movieron para pedirme que la besara; con alg...

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Anoche no quise dormir, hice cualquier cosa para evitarlo, porque tenía demasiado miedo a soñar con sus labios; con ese color rojo brillante, con lo suaves que deben sentirse, con la forma en la cual se movieron para pedirme que la besara; con algo que me hiciera tener más ganas de besarla hoy, cuando probablemente ella ya no quiere, cuando tal vez ni siquiera recuerda que hace apenas unas horas me encontraba atractiva.

Siento haber desperdiciado la noche —y todo el maldito esfuerzo por mantener los ojos abiertos— cuando, a la mañana siguiente, me doy cuenta de que me quedé dormida de todas formas y de que no soñé con ella; mucho menos con sus labios ni con los besos que me gustaría que me diera.

Me siento sobre el sofá cuando escucho el —extremadamente fuerte— rechinido de la llave de la regadera y, posteriormente, la caída del agua, no tan sonora, pero constante, haciéndome pensar en la chica bajo el chorro, en la forma en la cual las gotas se pegan a los labios con los que antes quiso besarme; cómo mueren allí o terminan resbalándose y llegando a otras partes de su cuerpo, cada vez más abajo.

Pienso en su cuello, pálido y atractivo, aparentemente suave; la primera parte de su cuerpo que tocaría si la besara, si tan solo ella quisiera o yo fuera tan valiente para pedirlo.

Pienso en sus antebrazos, con los vellos erizados por el frío dentro del baño.

Pienso en sus caderas y sus muslos, donde creo que podría hundir los dedos sin problemas, con la carne y la piel tan suaves que podría besarla también allí. De nuevo, si ella quisiera, si yo pudiera, si este sentimiento fuera mutuo y ambas pudiéramos saberlo.

Y obviamente pienso también en otras partes, en más piel blanca y preciosa, en más y más belleza y deseo. Pienso en todas esas partes en las que no debería pensar si lo que quiero es evitar querer besarla.

Esto último es demasiado difícil cuando, aparte de desear pegar mis labios a los suyos, me gustaría ir más allá.

Con cada segundo que pasa, el sonido de la ducha me tortura más. Me rasguño los muslos esperando que eso me haga dejar de pensar. No funciona.

Después de unos minutos, creo que ha llegado la calma: Ya no cae más agua. No más fantasías estúpidas con el cuerpo bajo el chorro, las gotas resbalándose sobre la espalda perfecta o sobre su divino par de...

Mierda, Bee, ¡cálmate!

Pero no puedo. En su lugar, imagino su camino hacia su ropa y cómo se la pone, lentamente, decepcionándome más conforme más piel cubre.

Mientras en mi imaginación apenas está terminando de subirse los pantalones, en la realidad grita frustrada:

—¡Mierda!

Y sale corriendo del baño —con los pantalones negros bien puestos— hacia su maleta, sobre la cual se inclina, buscando algo desesperadamente.

Primero se ve como una mancha casi teletransportándose a la valija a los pies de la cama; después, cuando puedo verla claramente, lo primero en lo que me fijo —lo más notorio en su aspecto, en realidad— en que no tiene puesta una blusa.

HoneyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora