Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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No sé cómo esta chica no tiene miedo a manejar en la oscuridad.
La carretera es aterradora de noche. Puedo ver, distantes, las luces de los carros, y aún así es difícil distinguir dónde están; muchas veces no sé si vienen en este carril o el de al lado, ni qué tan rápido van realmente. Me tiene temblando la idea de que podríamos chocar en cualquier momento.
Pero intento disimular ante su tranquilidad, ante lo relajada que se ve mirando hacia el camino o por el retrovisor. Parece que sabe lo que hace, y que confía bastante en lo que sabe.
Yo también debería hacerlo.
Me froto los brazos ante el frío del aire acondicionado; Honey no duda en ajustar la temperatura, sin necesidad de que yo diga nada. Me pregunto cómo puede prestarme atención cuando también debe concentrarse en todo lo demás: La velocidad a la que va, los autos que vienen tan cerca de nosotras, la posibilidad de que algún animal salga de la maleza y se atraviese en nuestro camino.
Sinceramente, admiro mucho a la gente que sabe manejar; no tengo idea de cómo lo hacen.
Y como todo, esta admiración es diferente cuando se trata de ella.
Porque no es solo preguntarme cómo lo hace o envidiar su habilidad y pensar en cómo podré hacer mil cosas diferentes antes de lograr aprender a conducir, sino apreciar tanto su talento que ya no puedo despegar los ojos de éste; de pronto estoy atenta a la forma en la que se mueve su mano cuando pasa de la pantalla táctil donde acaba de subir la temperatura hacia el volante.
No me había dado cuenta de que sus dedos son tan delgados, de que tiene la cicatriz de un corte en la yema del dedo índice derecho —asumo que por algún accidente ordinario en la cocina—, o de que, a pesar de que hace unos días se pintó las uñas en el intento de dejar de mordérselas, ahora están mucho más mordidas que antes.
Sube el volumen de la radio y no canta, pero sonríe —o al menos eso veo de reojo, en el único segundo en el que logro dejar de mirar sus manos—. Me obsesiona la forma en la que después imita la percusión chocando las yemas contra el volante, fuerte y delicada a la vez. Es justo la manera en la que me gustaría que me tocara justo ahora, haciendo a un costado de mi cuerpo vibrar al ritmo de la música.
Esos dedos colándose bajo mi ropa y golpeando mi cintura... Solo imaginarlo me hace sentir...
—¿Subí demasiado la temperatura? —El sabor a miel me interrumpe, intenso, atractivo y delicioso, tan parecido a ella.
—¿Eh? —Entendí lo que dijo, pero por alguna razón me cuesta reaccionar a ello.
—Parece que tienes calor.
Para colmo, voltea el retrovisor hacia mí lo más que puede y enciende la maldita luz. A pesar de lo amarillento que se ve todo, puedo notar que estoy rojísima.