13 - Su adiós

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—Eh, Bee

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—Eh, Bee.

Lo primero que siento al despertar es su aliento caliente en la oreja, un sabor a miel invadiéndome la boca y una leve sacudida en el hombro; una mano firmemente colocada sobre mi antebrazo.

—Buenos días —pronuncio de mala gana, dándome la media vuelta para poder acariciarle la cara.

Solo el saludo hace que la expresión le cambie por completo: De una cara adormilada y aparentemente malhumorada a una sonrisa enorme y genuina, junto a un par de ojos brillantes, repletos de estrellas. Los abre más conforme más la acaricio, como si esto fuera lo único que necesitaba para despertar por completo.

—Buenos días —responde, acomodándose de nuevo sobre la cama.

—¿Por qué me despertaste temprano? —Por más que me gusten su voz y su rostro, no me distraen del hecho de que mi alarma no ha sonado.

Estiro el brazo derecho para alcanzar mi celular y ver que faltan cuatro horas para que salga nuestro vuelo. No hay necesidad de estar despiertas así de temprano.

Vuelvo a mirarla casi de inmediato, con la pregunta en los ojos.

—¿No crees que estaría genial salir a caminar un momento? —Tiene intenciones ocultas; es imposible negarlo. Se ve en la tensión de su sonrisa y en la punta de la nariz, que se le pone ligeramente rosada.

Me pregunto qué esconde detrás de una excusa tan mala.

Aún con mis ojos amenazando volver a cerrarse en cualquier momento —qué curioso, pensé que hoy estaría inquieta, muy despierta, ansiosa; como cada vez que viajo—, asiento.

De inmediato nos levantamos de la cama; ella corre a planchar su ropa —porque no tuvo ganas de hacerlo anoche, cuando tenía mucho más tiempo— y yo... de verdad quiero sentarme en la cama y verla mientras lo hace, pero sostengo mi ropa contra el pecho y me dirijo hacia dentro del baño.

Una vez que estamos bañadas y vestidas —y, en mi caso, demasiado peinada; hoy en especial tuve que usar demasiados productos para que mi pelo se quedara al menos un poco quieto—, salimos del hotel encontrándonos con una brisa fresca, que contrasta...

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Una vez que estamos bañadas y vestidas —y, en mi caso, demasiado peinada; hoy en especial tuve que usar demasiados productos para que mi pelo se quedara al menos un poco quieto—, salimos del hotel encontrándonos con una brisa fresca, que contrasta con el brillo del sol y el calor que nos deja en la piel. Tiemblo un poco mientras decido que, una vez que volvamos al cuarto, tengo que sacar el único suéter que traje del fondo de la maleta.

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