Epílogo

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Las manos me tiemblan mientras las voy deslizando por el piano —o lo más cercano que puedo hacer a deslizarlas, pues las siento muy rígidas y pesadas como para que se puedan deslizar de verdad—

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Las manos me tiemblan mientras las voy deslizando por el piano —o lo más cercano que puedo hacer a deslizarlas, pues las siento muy rígidas y pesadas como para que se puedan deslizar de verdad—. Las notas suenan relajantes y me invitan a mover la cabeza, aunque sea solo para intentar quitarme esta ansiedad. Trago saliva mientras me preparo mentalmente para cantar; faltan solamente unos segundos para ello.

Tengo la hoja con la letra que escribí justo delante: Mi canción sobre ella, que espero que suene como todo ese verano: Relajante, feliz, nuevo, luminoso... con las partes tristes y al mismo tiempo esperanzadoras del final.

Cuando llega el momento, pongo toda la concentración que pensé que no tenía en seguir tocando el piano mientras canto. No pienso arruinarlo de nuevo. Hemos intentado grabar esta misma canción unas veinte veces ya por mi muy deficiente capacidad de reacción.

Esta vez logro empezar a tiempo y sin afectar mi rendimiento con el piano, cuya melodía se relaja todavía más. La idea es que la gente pueda concentrarse más en mi voz en esta primera estrofa... si siquiera eligen escuchar este single, claro.

Han pasado casi seis meses desde que terminó ese concurso. Tal vez ya todos se hayan olvidado de mí.

Mientras las palabras me salen fácil y rítmicamente de la boca, recuerdo que hay alguien que no lo ha hecho; alguien que me ha llamado todas las noches, tal como lo prometió. Alguien que prefiere quedarse dormida al teléfono antes que dejarme sin una charla, aunque sea breve, de buenas noches.

Me pregunto si, cuando alguien escuche esta canción —si llega a hacerlo—, podrá escuchar cómo sonrío ahora mismo. Me pregunto si lo señalarán en los comentarios. Me pregunto si van a pensar con ternura de esto.

La melodía del piano se va acelerando conforme se acerca el estribillo. Mi voz toma fuerza y hago lo posible por no bajar el volumen, no tener miedo de sonar mal.

No termino de pronunciar bien la primera palabra del coro cuando el teléfono, que debí haber puesto en vibrador antes de entrar —pero lo olvidé por completo, apurada y nerviosa—, suena. Miro a mi alrededor con la cara roja, completamente apenada.

—Lo siento —murmuro, sin saber en quién fijar la mirada.

Agarro el teléfono solamente para poder colgar, pero leo el nombre en la pantalla por puro reflejo.

Y es mi novia.

—Es... es importante —Alzo la voz, que tiembla como nunca antes; tiembla emocionada—. Es importante. Debo contestar. Regreso en un momento —aviso, y el ingeniero de sonido solo me alza un pulgar antes de que salga.

No me basta con salir de la habitación, sino que abandono el edificio por completo. Salgo por la puerta trasera y siento el aire fresco de octubre erizándome la piel. Debí haberme puesto una camiseta de manga larga en vez de esta tank top.

HoneyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora