Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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Cuando la chica toma asiento a mi lado y su antebrazo choca con el mío, creo que mi corazón va a estallar; creo que voy a morir en este preciso momento, en un cuarto de hotel en Roma, sobre una cama con sábanas blancas y recién lavadas —aún huelen a limpio—, con el muslo derecho aplastado por el codo de la mujer más hermosa de este planeta.
Espero unos cuantos segundos a que ocurra, pero nunca pasa. Llego a decepcionarme un poco.
No es que quiera morirme, pero si lo hubiera hecho, tendría otro color en la piel; estaría pálida en vez de mostrando este sonrojo. Incluso en el reflejo casi negro de la televisión apagada, puedo ver que estoy de un rojo cereza.
Pero ella no parece notarlo, mirando a la pared y explicando nuestra situación a la persona que nos atiende en recepción.
Su codo deja mi muslo y yo pienso en alejarme de ella; puede ser que, la próxima vez que me toque, sí muera; o que sí llegue a notar cómo me enrojezco y eso haga que cambie su opinión de mí; que la cambie de una manera que me hiera y me haga sentir humillada.
Pero no me alejo; me detiene el murmullo que emite el teléfono, el cual intento descifrar y no puedo: El volumen es muy bajo y la voz está tan distorsionada que no logro diferenciar ni una sola palabra. De todas formas, me quedo cerca para ver cómo la expresión de la pelirroja va cambiando, de una simplemente cansada a una tensa. Se muerde una uña mientras sigue escuchando.
—De acuerdo; muchas gracias —dice antes de colgar.
Se masajea las sienes antes de voltear a verme. Su nariz casi topa con la mía; no sabía que estábamos tan cerca. Me cuesta tragar saliva, pero me cuesta más convencerme a mí misma —convencer a mi cuerpo, más bien— de que no es un buen momento para estar tan nerviosa.
—¿Qué dijeron? —Me atrevo a preguntar, con la voz demasiado baja.
Esto no es normal; yo siempre hablo casi gritando. Pero ni siquiera extrañar a la persona que soy normalmente hace que deje de cohibirme ante esta chica y su aparente mal humor.
Suspira. Se talla los ojos. Con la mandíbula tensa, me responde:
—No pueden hacer nada; tenemos que compartir el cuarto.
Ahora realmente siento que moriré. Pero, otra vez, no pasa, solo me quedo congelada sobre la cama. Es la chica la que finalmente se levanta y cierra la puerta de la habitación, lo cual vuelve todo más real: Estamos en este cuarto solas, y viviremos juntas, por tal vez mucho más tiempo del que me gustaría.
—Pongamos reglas —propone repentinamente. No estaba preparada para escuchar eso.
—¿Por qué? —pregunto sin siquiera pensarlo.
—Vamos a estar viviendo juntas unos días; es mejor que sea en paz. Así que hay que poner límites.