Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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—¡Bee, fírmame un autógrafo!
El grito de la niña me hace temblar. Me avergüenzo de que, una vez más, haya ocurrido lo inevitable. Sé que estoy más roja que un tomate.
Respiro profundamente; inhalo, exhalo... Intento no tardar mucho en reducir mi rubor y quitar esa mirada de perrito asustado que sé que tengo justo ahora.
No debería reaccionar así.
Yo quería que la gente me reconociera en la calle, quería firmar autógrafos, quería hablar con gente sobre mi arte sin sentir que ese tema les molestaba; muy en el fondo sabía que esas cosas iban a pasar si ganaba ese concurso de canto, si firmaba el contrato con la disquera y me presentaban como su nueva artista, si decidía salir en la televisión y contarle a todo el país que tengo sueños. Yo quería esto.
Sin embargo, aún no me acostumbro a que esas cosas se han vuelto parte de mi vida. No me he acostumbrado a la gente lo suficiente para dejar de tener esta reacción: "¿Por qué un extraño me está hablando? ¿Cómo sabe mi nombre?".
No quiero acostumbrarme a la bofetada mental que me doy después, recordando que ahora tengo fans, que me he vuelto todavía menos normal de lo que ya era y por primera vez eso me convierte en una persona admirada.
Exhalo una última vez. ¿Habrá pasado ya mucho tiempo? ¿La niña piensa que la estoy ignorando? ¿Se habrá ido ya?
Me volteo para descubrir que sigue ahí. Sus ojos brillan mientras me mira; parece que observara a alguna diosa en vez de a mí.
—Fírmame un autógrafo, por favor —corrige cuando se da cuenta de que su padre la regaña con la mirada.
—Claro. ¿Cómo te llamas? —Me agacho para quedar a su altura, y tomo el cuaderno que sostenía entre sus manos.
—Andrea.
—Andrea... —repito mientras escribo una frase corta—. Gracias, Andrea —Ni siquiera sé exactamente qué estoy agradeciendo.
Pongo atención a todo lo que hago con la pluma; no voy a dejar que vuelva a pasarme lo de la última vez, cuando, medio dormida —había salido al supermercado justo después de tomar una siesta—, tracé mi firma legal en vez de la de artista. En ese momento, rayé esa firma y pedí disculpas por el mal aspecto que tendría el autógrafo con ese enorme rectángulo de tinta negra que había usado para ocultar mis errores; al llegar a casa, me eché a llorar, sintiéndome más estúpida que nunca.
No me vuelve a pasar. Esta firma sale preciosa; es la correcta y se ve muy limpia. Entrego el cuaderno a Andrea.
—¡Gracias, Bee!
—Gracias —Su papá también me sonríe.
—A ustedes —murmuro, viendo cómo se alejan hacia el área de documentación del aeropuerto.
Suspiro, por fin menos ansiosa, y empiezo a caminar hacia el lado contrario: La sala de abordaje.
Me fijo en todas las pantallas, intentando encontrar la puerta de embarque que le corresponde a mi vuelo. Tengo que atravesar unos tres cuartos diferentes antes de que pueda ver por fin, en medio de uno de los recuadros azules luminosos, "Roma".
Me siento justo frente a la pantalla. Esta primera fila de asientos está vacía; aún falta un rato para que sea momento de abordar.
Pongo mi único equipaje de mano —una mochila morada de la que cuelga un llaverito de capibara— sobre mis muslos, y vuelvo a buscar mi pasaporte dentro de éste; otra vez, me aseguro de realmente tenerlo, y no de solamente estar convencida de que es así. Sería una pena que me diera cuenta de que no tengo mi pasaporte justo ahora, cuando ya tomé el vuelo desde San Antonio a Los Ángeles y no tengo maneras fáciles ni baratas de volver a casa.
Siento el librito en las yemas de mis dedos. Ya puedo respirar otra vez.
Hasta que hay ruido a mi lado. Las ruedas de una maleta se acercan, y luego alguien se deja caer en un asiento cercano. Volteo sin siquiera pensarlo primero.
Hay una chica sentada casi a mi lado; nos separa exactamente un asiento.
Se seca el sudor y luego saca un espejo de su enorme bolso blanco; frente a éste, se acomoda el cabello, rojo cobrizo. Puedo ver en su reflejo el color de sus ojos, tan oscuros como el universo mismo.
Cuando mis ojos se fijan en sus labios, no puedo evitar imaginarme qué nuevo color surgiría si ese tono de rojo se mezclara con el labial morado que tengo puesto. Sería el tono más hermoso de magenta.
Decir que es una chica hermosa se quedaría muy corto.
A duras penas puedo respirar. Este es el lesbian panic más intenso de toda mi puta vida. Necesito de toda mi fuerza de voluntad para poder mirar hacia otro lado e intentar fingir que nunca ví a esta muchacha.
El abordaje empieza, o al menos eso es lo que llego a entender entre la mala calidad de los altavoces. Vuelvo a escuchar las rueditas de la maleta; cuando volteo, veo que la chica se ha formado para abordar. También pasará sus vacaciones en Roma.
¿Qué más tendremos en común?
Otra bofetada mental; un pensamiento que hace eco en mi cabeza: "Deja de pensar idioteces".
Es como si mi propio cerebro no me conociera; como si no supiera perfectamente que, si me fuerzo a dejar de pensar idioteces, solo se me ocurren más.
Pero intento obedecer, porque es lo más conveniente. Intento mentalizarme: No va a pasar nada entre esta chica y yo, ni siquiera voy a saber cómo hablarle, ella nunca se fijará en mí...
Pero lo hace. Me mira. Sus ojos brillan; hay estrellas en ellos ahora. Sonríe y creo que su cara toma algo de color. La mía también lo hace, y me da pena imaginar con cuánta emoción le devuelvo esa sonrisa.
Inhalo, exhalo... Esto no significa nada. O al menos eso es lo que debo pensar.
Pero internamente estoy gritando.
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