Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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Cuando despierto, no tengo ni la menor idea de cómo pude dormirme en primer lugar. Juro que, incluso entre sueños, sentía el aliento de la chica haciéndome cosquillas en la nuca, poniéndome más inquieta con cada exhalación, con cada vez que esa mini corriente de aire me erizaba los vellos.
Abro los ojos justo cuando escucho la caída del agua; asumo que Honey acaba de meterse a la ducha.
Desearía que siguiera aquí, que no hubiera tenido la suficiente fuerza de voluntad para dejarme sola en la cama. Extraño la sensación que tuve antes de caer dormida, la de su mano sobre mi abdomen, calentándome la piel y haciéndome sentir amada y protegida.
Pongo mi mano en el mismo lugar, intentando imitar la delicadeza que solamente sus dedos tienen. No se siente para nada igual.
Me levanto de la cama cuando el agua se ha detenido. Me arrodillo en la esquina del cuarto y abro la maleta; elijo un conjunto bastante simple: Una camiseta gris y un par de shorts —que no me suele gustar usar, pero no siento que haya muchas más alternativas cuando hace tanto calor—.
Abrazo la ropa a mi pecho, me pongo de pie y me quedo al lado de la puerta, recargada en la pared, esperando. Mi chica no debe tardar mucho en salir.
Como si me leyera la mente, en cuanto pienso eso, sale, con el pelo todavía chorreando sobre su ropa.
Sus ojos, despiertos y energizados, brillantes como un par de estrellas, se encuentran con los míos, que amenazan con cerrarse en cualquier momento. Aún tengo sueño.
—Buenos días, princesa —Saluda, hablando lento, como si no estuviera segura de lo que dice. Sus labios se tensan mientras me mira inquieta, tal vez esperando a ver cómo reacciono.
Creo que no esperaba para nada que sonriera de la manera en que lo hice; o que lo hiciera sin querer ocultarme, con la cara seguramente enrojecida.
Como si no fuera suficiente con todo el calor en mis mejillas —y con lo caliente que está el cuarto en general; ni siquiera el aire acondicionado ayuda a que mejore—, me toma la cara y me da un beso breve que me deja deseando más; esa fugaz cosquilla nunca va a ser suficiente.
Perdiendo la vergüenza como anoche, cuando la veo darse media vuelta para dirigirse al espejo que hay al otro lado del cuarto, dejo caer la ropa al suelo, corro tras ella, le agarro el rostro con fuerza y la beso con más intensidad.
Camino hacia atrás, con ella todavía pegada a la boca, mientras le rozo el labio inferior con los dientes. Me pega al marco de la puerta, poniendo fuerza en mis muslos, mientras su lengua recorre la mía, acariciándola suavemente, recién conociéndola. Aún con los ojos cerrados, parece ya haber memorizado mi cuerpo, porque sabe bien dónde está el dobladillo de mi camiseta para levantarlo. Y sus manos encuentran mis pechos tan fácilmente...
Y pensar que no llevamos ni un mes conociéndonos, y que ni siquiera somos pareja aún —¿y qué tal si nunca llegamos a serlo...?—, y que antes de estas experiencias pensé que moriría sola, sin llegar a conocer jamás el romance o el sexo.