3 - Sus ¿bromas?

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Aunque tal vez lo más inteligente hubiera sido elegir qué comer mientras seguíamos dentro del cuarto de hotel, no pensamos en ello hasta que salimos del edificio y tenemos al sol brillando sobre nosotras y el viento corriendo muy caliente por el p...

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Aunque tal vez lo más inteligente hubiera sido elegir qué comer mientras seguíamos dentro del cuarto de hotel, no pensamos en ello hasta que salimos del edificio y tenemos al sol brillando sobre nosotras y el viento corriendo muy caliente por el pasillo, bajo el techo que hace sombra para la chica y para mí.

O más bien, para todas las personas que caminamos o descansamos en esta acera. Pero la existencia de la muchacha me hace querer olvidarme de la existencia de todos los demás.

—¿Qué vamos a comer? —Su voz es lo único que me mantiene atada a la realidad; a las otras voces, los muchos sabores, el hecho de que hay más personas, el calor que hace por el sol de junio y porque tenemos hecho mierda el planeta.

—No sé —Tengo mucha hambre como para pensar en ello. Mucha hambre y variados sabores en la boca por todos los sonidos de la calle.

¿Se vería muy raro pedirle que volvamos al cuarto para que pueda pensar mejor?

—Elige tú —Termino diciendo para huir de esa pregunta.

—Está bien.

Y se detiene en medio de la banqueta. Y da unos pasos hacia atrás para pegar la espalda a la pared, a un lado de la puerta del hotel, que se abre y cierra cada vez que alguien se acerca. Saca su teléfono, lo desbloquea y, finalmente, se va deslizando lento; todo su cuerpo baja hasta que su trasero toca el piso.

—¿Qué haces? —pregunto, todavía de pie, extrañada por su comportamiento.

—Voy a buscar dónde comer —explica, y puedo ver de reojo cómo abre Google—. Siéntate; está fresco aquí.

—¿Segura?

—Sí; cuando se abre la puerta, sale aire frío.

Me quedo paralizada. Veo el espacio libre ahí; un hueco apenas un poco más ancho que mi cuerpo entre la chica y la puerta. Y aunque también quiero sentir el aire frío, dudo de si quiero ocupar ese espacio. Es difícil saber qué pasará con mi corazón si me siento allí.

Lo hago, y nada cambia mas que la velocidad de mis latidos, y que, a pesar de que puedo sentir frescos los brazos y ese breve espacio entre el final de mi pantalón y el principio de mi calcetín, siento mi cara ardiendo.

—Acércate más —pide, y siento que estoy a solo unos pocos segundos de explotar.

—¡¿Por qué?! —pregunto yo, sorprendida, casi gritando y, de hecho, alejándome un poco, con la cabeza tan cerca de la puerta que incluso se vuelve a abrir.

Mierda; ahora pensará que no quiero tocarla ni con un palo, o algo peor, como que no quiero respirar el mismo aire que ella o incluso que creo que el mundo sería un lugar mejor si ella no estuviera.

Me acerco de nuevo, lentamente, hasta que dejo de sentir el aire frío contra mi mejilla hirviente —ignoremos que las cosas en estado sólido no pueden hervir—.

HoneyHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora