Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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El lugar al que Honey me lleva a cenar es un restaurante-bar en el que parece que han priorizado bastante la parte de bar.
Se ve acogedor al principio, con el área de restaurante mostrándose justo después de abrir la puerta principal. El espacio es de buen tamaño y lo ocupa una buena cantidad de mesas pensadas para grupos de amigos o típicas familias nucleares, cada una con mínimo cuatro sillas y algunas —las más largas— llegando a tener incluso ocho de éstas. Hay un montón de tronas apiladas en un rinconcito, brillando de una manera extraña por la tenue luz amarilla del lugar.
No hay ni una sola mesa chica; es como si quisieran que las parejas jóvenes o la gente solitaria fueran al bar. Me pregunto si no les preocupa perder clientes por ello.
La imagen está acompañada con el sonido que cualquiera esperaría: Conversaciones en voz baja, tanto de las familias como de los meseros que, al no haber muchos clientes, pueden concentrarse en pequeños grupos junto a la puerta de la cocina y hablar de... lo que sea que estén hablando. Un joven intenta no reírse a carcajadas. Un bebé balbucea mientras intenta agarrar la lata de refresco de su hermana mayor.
Todas esas cosas y personas van desapareciendo conforme sigo a Honey hacia el pasillo que nos da acceso a la otra área del lugar.
Al lado de los baños, hay una puerta verde neón. No tiene ningún tipo de cartel o una señal de a dónde dirige mas que ese papel en el que está escrito con una caligrafía terrible: "Prohibido el acceso a menores de edad".
Ansiosa, meto la mano en mi bolso y busco con las yemas de los dedos mi identificación, temiendo arruinar la noche si resulta que no la tengo. Pero ahí está. Y me pongo más nerviosa todavía, porque significa que puedo entrar y... no sé si soy el tipo de persona que pertenece a estos lugares.
Respiro hondo mientras Honey gira la perilla y me deja ver un mundo completamente diferente al restaurante que dejamos atrás.
Este espacio es mucho más amplio que el anterior, el cual ya estaba a punto de ser inmenso. No ayuda mucho el hecho de que este lugar también está mucho más vacío; casi todos los muebles —las dos barras, los asientos frente a éstas, unos cuantos conjuntos de sillones alrededor de mesas pequeñas— están pegados a las paredes, dejando en medio de la habitación —muy grande habitación— un gran espacio vacío con varias luces de colores; una enorme pista de baile sobre la cual la gente empieza a amontonarse.
Y siento que la multitud podría tragarme. Y lo peor es que, aún ahí dentro, no podría formar parte de ellos; sería como una enfermedad. Tal vez los moleste solo un poco, tal vez ni siquiera intenten sacarme, pero estarían todo el tiempo deseando que me fuera.
Nunca he estado en un lugar como estos; nunca me habían invitado a bares o discotecas, y no es el tipo de sitios que una persona visite sola, mucho menos cuando sabe que cualquier intento de socialización termina, en el mejor de los casos, en la nada, y en el peor, en una humillación profunda que le quitará las ganas de hablarle hasta a su madre.