Después de ganar un concurso de canto, Bee decide utilizar su premio monetario para ir a Roma y descansar un poco de su nueva vida antes de meterse al estudio de grabación y lanzar su álbum debut.
En la sala de abordaje, ve a una chica hermosa; su c...
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A diferencia de varios otros días, hoy no me despierta el sol que logra pasar por las cortinas ni el ruido de los otros huéspedes —parejas jóvenes que ríen a carcajadas, grupos de amigos que se cuentan un chisme a gritos, algunas familias con niños pequeños que aún no aprenden a hablar en voz baja—, sino un fuerte olor a hierbas y ajo; uno que no sabía que estaba empezando a extrañar.
Generalmente no despierto hambrienta, pero hoy es la excepción.
—Buenos días, Bee —saluda Honey, de pie a un lado de la cama y sosteniendo dos envases de comida para llevar cuya tapa transparente está empañada por completo.
—Hola —correspondo, sentándome lentamente sobre la cama. Me arrepiento de inmediato; el colchón es tan cómodo que solo deseo seguir acostada todo el día—. ¿Qué trajiste?
—¿Qué crees que traje?
Me pasa uno de los envases —el que estaba arriba en la pila—, cuyo calor puedo sentir sobre los muslos aún con la sábana cubriéndolos. Retiro la tapa lentamente, alejando las manos cuando siento que está demasiado caliente para luego volverlas a acercar.
Encuentro focaccia, obviamente. Y me gruñe el estómago tan fuerte que cualquiera pensaría que hay un monstruo en esta habitación.
Enternecida, me quedo sin palabras; debería salirme un "gracias", pero lo único que puedo hacer es sonreír tan grande que creo que me dolerá la cara por semanas.
—¿Por qué? —Me sale preguntar cuando por fin puedo hablar—. ¿Es algún día especial?
Alza una ceja mientras intenta sentarse en la cama. Me hago a un lado, dejando una pierna sobre la cama y otra cayendo a un lado de ésta. Ella queda casi en la misma posición, con un pie en el suelo y el otro apoyado sobre mi pantorrilla.
—Estás bromeando, ¿verdad? —pregunta por fin, con la espalda apoyada contra la cabecera. Me hace pensar que sí debería recordar algo; que no es ella quien está bromeando.
Pero mi mente está completamente vacía.
—No —digo entonces, avergonzada, resistiendo el repentino impulso de esconderme bajo las sábanas.
No responde nada, sino que va al otro lado de la habitación —al escritorio, encima del cual ha dejado la mayor parte de sus pertenencias— y recoge su teléfono, deslizando y presionando botones en su camino de vuelta a la cama. Sus ojos brillan cuando encuentra... lo que sea que haya estado buscando.
Me muestra la pantalla; todos los eventos de su calendario en orden de lista. Solo hay uno, resaltado en un amarillo que lastima los ojos, en el mes de junio.
—Feliz cumpleaños, Bee —Me felicita con una suave sonrisa en sus labios.