12 - Su hogar

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La mañana parece completamente normal —la gente habla en los pasillos y se escucha hasta dentro del cuarto, el sol atraviesa las cortinas, Honey muerde la tapa de una pluma— cuando llega la notificación a mi teléfono

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La mañana parece completamente normal —la gente habla en los pasillos y se escucha hasta dentro del cuarto, el sol atraviesa las cortinas, Honey muerde la tapa de una pluma— cuando llega la notificación a mi teléfono. La abro de inmediato por ser del correo electrónico; tal vez por fin recibiré un contrato editorial, o puede ser la disquera volviendo a preguntar por asuntos de un disco en el que no quiero pensar hasta que terminen mis vacaciones, pero no es nada de eso; el mensaje tan urgente no es trabajo.

Es algo que me rompe el corazón como hace tres semanas no imaginé que podría hacerlo.

El mensaje es bastante sencillo: Es momento de realizar el check-in para mi vuelo de vuelta a casa. Falta poco para volver; eso es todo; no debería sentirse como el fin del mundo.

Pero lo hace.

Las manos me tiemblan mientras suelto el teléfono y leo esa simple frase —en letras muy grandes y muy blancas; mucho más de lo que puedo soportar— de nuevo, como si una perspectiva diferente pudiera hacer que todo cambiara.

Obviamente, no funciona.

Vuelvo a sostenerlo con un ardor en los ojos que antes no estaba allí. Presiono el botón para abrir el sitio web de la aerolínea; marco todo lo que corresponde; vuelvo a leer y ver infografías sobre los objetos que está prohibido llevar en las maletas. En serio no quiero hacer esto, pero no puedo evitarlo; ha estado en mi destino desde que compré el boleto para venir aquí.

Cuando termino el proceso, me quedo viendo la tarjeta que contiene los datos básicos del vuelo: El destino, la cantidad de boletos que he comprado... la fecha. Cada vez que veo la fecha, ésta me devuelve la mirada; y sus ojos son crueles.

Volveré a casa dentro de exactamente una semana... y lo único que quiero es más tiempo para estar aquí, en un cuarto pequeño y dolorosamente luminoso; el cuarto que comparto con la primera chica a la que besé; la única chica a la que me gustaría besar en toda mi vida.

No es el fin del mundo. No dejo de repetirlo; no quiero detenerme hasta haberme metido eso en la cabeza.

No es el fin del mundo...

Pero sí es el final de algo.

Es el final de todas las cenas que Honey y yo compartimos; el final de los susurros al oído en los que confiesa, una y otra vez, que me ama, que incluso siente algo más profundo que eso y le gustaría inventar una palabra para describirlo. Es el final de los besos, de dos pares de labios color magenta.

No dudo que volvamos a hablar. Lo que dudo es, más bien, si algún día volveremos a vernos. Si habrá suficiente interés y recursos para que ocurra. Si esta conexión, tal vez destinada —sin que nosotras sepamos— a ser pasajera y breve, podría sobrevivir a la distancia.

Una semana exacta para que Honey vuelva a Los Ángeles y yo a San Antonio.

Una semana para que estemos de nuevo como antes: Separadas por más de mil trescientas millas; en puntas opuestas del país. Y ahora con el dolor de habernos conocido y no saber si algún día nos reencontraremos... o nos olvidaremos.

HoneyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora