Cuatro

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Al día siguiente, cuando me presenté en mi escritorio, el señor Ainsworth ya me estaba esperando, a pie de la puerta de su oficina, sus brazos cruzados sobre ella mirándome.

Estaba sudada, el sudor transpiraba sobre mi blusa blanca de lino y mi cuerpo subía y bajaba con rapidez, haciendo que él desviara su atención a ellas.

Había estado corriendo por toda la ciudad para tratar de llegar a tiempo, pero supongo que fallé por la forma en la que me estaba mirando, más enojado de lo normal.

Miró su Rolex como siempre y me miró a los ojos.

-Cinco minutos tarde, señorita Julie -dijo, sentándose al borde del escritorio. - Ha sido una chica mala, creo que hay que castigarte.

Le di una sonrisa coqueta y batí mis pestañas hacia él. Extendió su mano y la tomé, dejando que me metiera en medio de sus piernas.

Sus labios muy cerca de los míos, su rostro a centímetros del mío, nuestras respiraciones entrelazadas.

Pasé la lengua a través de su labio inferior y lo sentí suspirar, pero antes de que pudiera tomar mi boca en un beso, me alejé y en cambio, susurré en su oído, como sabía que le gustaba.

-Castígueme, señor Ainsworth , he sido muy mala -murmuré, y me eché hacia tras para que nuestros labios conectaran, como siempre me gust...

-¡Mya despierta! -gritó mi cuñada, trayéndome a la realidad de repente.

Parpadee sorprendida, para encontrarme a mi cuñada casi sobre mí, mirándome con una extraña mueca en el rostro.

-¿Qué demonios pasa? -pregunté, mal humorada y un poco caliente.

Ella había interrumpido mi casi beso con el señor Ainsworth ¿por qué me hacía esto?

-Estaba murmurando cosas sobre ser una chica mala y castigos -dijo, confundida. Colocó sus manos sobre ella y me dio una mirada severa. - ¿Has estado teniendo sueños calientes otra vez con tu jefe?

Mi cara enrojeció, declarando mi vergüenza. Metí la cabeza dentro de la almohada y ahogué un gemido, consciente de que mi cuñada seguía viéndome.

No quería que supiera que mis sueños húmedos con mi jefe seguían, pero no podía evitarlos. Era un tipo, pero un tipo tan condenadamente guapo y atractivo, que de alguna manera tenía que suprimir mis sentimientos hacia él.

Mis sueños mayormente trataban de besos húmedos, caricias rusticas y tomadas fuertes sobre el escritorio o el ventanal.

Me senté en la cama, tratando de que el calor corporal bajara de temperatura y traté de serenarme.

-De todas formas, ¿qué es lo que quieres?

-Ya son las ocho, creo que, si no te mueves, vas a llegar tarde

Abrí los ojos como platos, antes de mirar el reloj de mi mesita de noche. ¡Diez para las ocho! , Si no me movía, iba a llegar super mega tarde. Salté de la cama, mientras Delia me miraba como si de repente me hubiese vuelto loca, y comencé a buscar cualquier cosa decente para ponerme.

No me daba tiempo de ducharme, buena suerte que lo hubiese hecho anoche, por lo que cepillarme los dientes y lavarme la cara tendrían que servir. Nueva York era una ciudad colapsada en un buen día, iba a tardar todavía más en llegar hasta las oficinas.

Hoy teníamos una reunión importante con un cliente, el señor Edwars. Un importante empresario, súper mega millonario quería construir la casa de sus sueños en el país y había contratado nuestra empresa para que se hiciera cargo de todo.

La reunión de hoy era para conocerlo, entablar los detalles y saber que quería del proyecto, luego, el señor Ainsworth y nuestro equipo tendría que trabajar día y noche para hacer que todo saliera perfecto.

Me puse una falda de tubo lápiz, una camisa blanca de lino, y mis tacones de diez centímetros. Amarré mi cabello desordenado en un moño, con algunas hebras sueltas, pero no me daba tiempo de fijarlas y apliqué un maquillaje suave y rápido, sin querer demorarme demasiado en ese paso.

Media hora después, cuando llegué a las oficinas del señor Ainsworth, a la primera que saludé fue a la recepcionista. Candace era su nombre y siempre estaba sonriente y complaciente, me caía bastante bien, era divertida y disciplinada, aparte de que siempre soportaba la cosa de nuestro jefe sin quejarse, algo que no todos lograban.

Era conocido que la mayoría de las renuncias de la empresa, se debían al estrés causado por el excesivo trabajo. Sí, la paga era fabulosa, eso no se podía negar, pero también exigían bastante de ti.

Si querías tener una vida social activa, entonces era mejor que no trabajaras para The Group Ainsworth In. Iba a consumir tu tiempo, te daría un infierno de estrés, adelgazarías, tus relaciones se verían afectadas y tendrías que hacer casi magia algunas veces.

Lo había aprendido con el tiempo, sobre todo porque al ser yo la asistente del presidente de la compañía, recaía en mí una responsabilidad enorme. Muchos habían creído cuando llegué, que no aguantaría más de dos semanas, sobre todo porque me veían menuda, delgada y con una sonrisa amable y dulce, pensaron que Ashton Ainsworth iba a masacrarme, inclusive supe que recursos humanos ya tenía una carta de renuncia hecha para mí, esperando a que fracasara.

No lo hice, llevaba seis meses en la empresa y por más crisis que pudieran ocurrir, no me había rendido.

Sí, no era nada fácil y quería matar a mi jefe más veces de las que eran sanas, pero seguía en pie, demostrándole a todos que una carita bonita no era nada si no venía con una buena actitud y mucha personalidad.

La Secretaria Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora