CAPÍTULO 5: Posiciones

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Rev Hearst

Muchas personas prefieren usar un gimnasio al interior de su casa, lo hacen por diversos factores, uno de ellos es la privacidad. Luego están quienes prefieren ser grandes mariposas sociales que conectan con nuevos mundos al ingresar en establecimientos donde la sociedad incremente palabras con toques de sudor.

A mí me gusta sudar, no acelerando mi corazón o poniéndole agua a mis oídos sino estirándome, meditando, contemplando en el silencio vacío de apreciar los sonidos a los que muy pocos pueden llegar. Me gusta ese deporte que no es llamado deporte porque no es igual de fuerte que los otros.

El contexto es simple, me gusta sentir dolor después del esfuerzo, no durante, es como follar, técnicamente. Al menos así me sentía al follar con Xander Maddox. El inicio era críticamente romántico, siempre se las arreglaba para enamorarme hasta que terminábamos en cualquier lugar sin ropa, el proceso era satisfactorio, me corría tantas veces que en el momento del coito era como si me metiera en el inframundo quemándome. Sin embargo, arder con Xander era glorioso, saboreaba el fruto prohibido a mi antojo.

Pero no todos los hombres son iguales ni todos los penes tampoco. A veces ni siquiera es el amigo sino la persona, uno puede llenarte la pelvis, pero el otro no te llena la mente. La mejor forma de practicar un acto como es el sexo, es generar alteraciones nerviosas en la mente. Ese es el punto dulce de cualquier persona.

La mente tiene un poder inalcanzable, tan poderoso como la belleza de Afrodita, tan tortuoso como la mente de Hades y tan delicioso como las cosechas de Perséfone. El cerebro piensa, genera, crea, busca soluciones. El cerebro es la magia. Una magia que a todos les hace falta. Incluyéndome.

Exhalo aire por la boca cambiando a la postura de liberación del viento. Mis estudiantes me siguen, cada uno de distintos modos, algunos adelantados, otros atrasados y los que están con los ojos abiertos como si no se quitaran el pensamiento de la frente. Mis favoritos son los profundos, quienes comienzan intentando satisfacer al grito de su interior, aunque sea fingiendo que están encontrando su paz.

Vuelvo a mi postura del héroe apretando mis rodillas. Veo a Mackayla quien me sonríe estirándose desde el otro lado del ventanal poniendo caras. Intento no reírme y por suerte llega el estúpido de Xander.

Tenían que ser mejores amigos ¿es que su mundo tiene que mezclarse al mío?

No debo de compartir, pero aquí estoy siendo generosa con el enemigo. Mackayla es mía, es mi amiga, la vi antes que él. O lo contrario, no importa como haya sido que empezara. Él no puede... ¿me acaba de sacar la lengua?

Que malcriado, voy a ir a...

El carraspeo de uno de mis alumnos me despierta. Hago la postura Sukhasana, el grupo del día es uno de novatos combinado con experimentados que quieren relajarse o solo conocer gente nueva. Les permito escabullirse de vez en cuando para que se aligeren.

Nuestra columna se alarga dejando nuestros hombros relajados y mantenemos la barbilla paralela al piso. Todos han aprendido a sentarse sobre los isquiones cruzándose de piernas y tomando la respiración calmada de la cual llego la cuenta.

—Muy bien, hora de inhalar —hago la demostración sin apartar la mirada de Xander en el ventanal, al lado de Mackayla —. Contemos hasta diez mentalmente. Exhalamos y repetimos. Dejen salir lo que guardan dentro, que nada les diga que no pueden encontrar su tranquilidad.

Me pongo de pie acudiendo a ayudar a uno de los estudiantes. Sujeto sus manos ayudando con la postura de sus dedos, pego su índice a su pulgar, ambas puntas juntas separando sus otros dedos como si fuese una flor. Dejo las manos del estudiante sobre sus rodillas o parcialmente cerca de ellas alejándome sin molestar más su relajación.

Odio ficticioHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora