Capítulo 4

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Apenas habían pasado seis meses desde la mudanza de la pequeña familia Lawles, y la solitaria casa Hemsley fue completa y totalmente invadida, el alfa fue mucho más consciente del giro de su vida, aquella tarde que por accidente aplastó con su bota un peluche con bocina que chilló dramáticamente cuando el peso cayó al objeto.

El corazón se le aceleró al hombre que de un susto levantó el pie, respiró profundamente y llamó al pequeño que se le acercaba con las mejillas llenas de glaseado.

— ¿Sí, señor? — Preguntó el motivo de su llamado de forma respetuosa, tal como su madre le había enseñado.

Eugene simplemente señaló el juguete tirado en medio del pasillo, Thiago siguió la mirada y agachó la cabeza, se disculpó brevemente por haber sido un desordenado y se animó enseguida cuando el alfa frotó sus cabellos.

— No pasa nada, ve a guardarlo — ni él sabía de dónde salía ese tono mucho más dulce, puro de cualquier semblante que ayudase a perpetuar esa imagen de hombre sin sentimientos, supuso entonces que era el tono conocido de sus cuerdas vocales para hablarle a su omega.

— ¡Claro! — se aproximó al peluche, lo sacudió levemente y se giró al alfa — Mi mamá le busca — le alentó a acercarse a él, agitó su mano y consiguió que el alfa se agachase para que el infante pudiese contarle un susurro — debería preparar su estómago, acaba de terminar uno de sus experimentos —

Eugene solo asintió a las palabras del pequeño que se marchó escaleras arriba. Sí, le habían invadido, quizá debió ser consciente desde que los juguetes de Thiago empezaron a quedarse en su casa, el niño literalmente se había apropiado de una de las desocupadas habitaciones del piso de arriba, prácticamente era un cuarto para él en su propia casa. En realidad la idea ni siquiera le fastidiaba. Tenía muchos lugares vacíos, cederle uno al pequeño, era un tema sin importancia, o al menos fue ese el pensamiento que evitó que hurgase más profundo de su consciencia.

Igual, no tenía mucho en que pensar, no cuando vio al omega subir el primer peldaño para llegar al pórtico, ascendía torpemente las cortas gradas mientras entonaba un suave e inocente tarareo, balanceando su cabeza de lado a lado rítmicamente, verle tan contento y tranquilo, era como una enfermedad que se contagiaba, ¿qué penas podría tener cuando ese pequeño traía el sol a sus espaldas?

— ¡Alfa! — le llamó apenas conectar miradas con el hombre que le admiraba fijamente, sus dos luceros brillaron gratamente a verle, trastabilló al no levantar el pie y su sonrisa cayó unos segundos por el susto de la sensación de percibirse en el suelo.

Eugene quedó con los brazos extendidos. Había corrido, ni siquiera lo pensó, simplemente cuando quiso darse cuenta, estaba esperando recibir el cuerpo del más bajito para evitar que se golpease contra el suelo de madera, aunque se quedó con las manos frías, pues Archer recuperó el equilibrio, evitando caer.

— Oh — el omega rió suavemente con tanta gracia que relajó los músculos tensos del contrario — estuvo cerca, aunque no me hubiese dolido — dijo al ver la posición del otro junto a él, muy dentro hasta arrepentido de que el accidente no pasase — ¡Vine a alegrarte el día! —

Regresando a una posición más relajada, Eugene enarcó una ceja intentando descifrar el postre en el platito que le era llevado. Ya se había acostumbrado a ser alimentado por el omega, todo el tiempo, todos los días. Prácticamente había dejado de cocinar para sí mismo.

— ¿Qué traes ahí, Bolita cantarina? —

Con suficiencia, el omega cerró los ojos y amplió la mueca alegre en sus labios, soltó uno que otro sonidito de orgullo y le cedió el plato al más alto — Un tres leche, lo hice con la leche que nos regalaste hoy en la mañana — explicó con la emoción relatando sus ganas de que el otro probase su postre.

Más allá del destinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora