XII

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El tiempo comenzó a avanzar tanto que Azira apenas podía creer que ya era el frío invierno lo que golpeaba su fría cabaña a en medio de la nada. Los meses avanzaron su curso de una manera que sólo podría definir como el agua que se filtra entre los dedos. Sin poder detenerlo y aprendiendo a sobrellevar el dolor de que aún sigue perdidamente enamorada del Señor Crowley. Que ser maestra de una escuela pueblerina no remunera nada bien, pero adoraba a las niñas en su aula. Aprendiendo a descifrar la forma de ser de Gabriel. Había aprendido a ser su amiga, de alguna manera. También intercambió cartas con Harriet y Deidre. Saber que tenía amigas a las que llamaba hermanas se había vuelto en el sustento de su vida. Eran las pequeñas cosas como esas las que no apagaban la flama de su vida. Porque ahora tenía una familia nueva. Y debía apreciarla tanto como fuera posible.

Azira Fell estaba asustada de que algo la obligue a tener que volver a escapar. A volver a estar sola en el mundo. Sin nada más que su vago instinto y recuerdos dolorosos rasgando su delicado corazón. Hasta desangrar sus sentimientos en vagos alientos de una moribunda Azira Fell. Ella estaba asustada de que lo poco que está recuperando le sea arrebatado. Porque, inevitablemente, ella presentía que sería por su propia culpa su caída. Ella causaría tanto y tan doloroso daño como sea imposible comprender hasta que no le quede nada más que escapar. Buscar un paraíso nuevo donde se pueda engañar con que todo estaría bien. Como un ruiseñor entre rejas. Así se sentía, encerrada, buscando la liberación. Algo que la devuelva a la vida, al ritmo de alguna canción de cuna. Estaba asustada tan seguido que ya no había forma de salir de ese constante pesar sin recordar lo tonta que fue por haberse enamorado.

No ha habido noche en que imagine que algo haga sonar la ventana de su habitación. La blanca nieve virgen, pintando de blanco la tormenta, perdiéndola entre las palabras del libro en sus manos al que no le presta atención. Encerrada en su dolor, Azira mira las flamas de la chimenea mientras se acomoda contra su sillón. El silencio no es absoluto, una reverberación chirriante acongoja sus sentidos. La madera cruje contra los esfuerzos de la madera para intentar derribar su choza. Ella recuerda los sonidos de la casona Crowley. Los sonidos que eran provocados por una iracunda Lillith que buscaba lo que sea que la devuelva a la imposible sanidad. Cada chillar, cada golpe resuena en la cabeza de Azira mientras las palabras del señor Crowley vuelven a su cabeza. Sus palabras duras, sus palabras misteriosas, sus palabras amorosas, sus palabras adoloridas. El incesante grito del señor Crowley clamando su nombre a la nada menguante del amanecer cuando ella corrió y huyó. Eran pesadillas constantes que la persiguen entre recuerdos y alucinaciones.

No hay día en que no imagine que el señor Crowley también llora por ella. Quiere imaginar que su amor era tan fuerte como recíproco. Todo lo que hizo el señor Crowley fue por amor. Esa artimaña con la señorita Warfare para hacerla celar. Sus extrañas palabras para pedirle que siempre regrese a él. El regalo de los chocolates. La ilusión de casarse. La propuesta de escapar porque lo que el señor Crowley más anhelaba era su alma. Debía haber significado algo para él como lo hizo para Azira. Ella sollozó y subió sus piernas para taparse del frío. La chimenea era la única luz, el único calor entre la soledad absoluta. Estaba sola, a punto de volver a llorar. Pensando que el señor Crowley hace lo mismo. Que ella no era la única que sufría aquella fría noche de invierno.

Entonces, escuchó que alguien llamó a su puerta. Azira levanta la mirada y se queda quieta. Cierto sentimiento de precaución la llena debido a la imposibilidad del presagio. La tormenta allá fuera era demasiado fuerte y poderosa como para permitir que alguien en su sano juicio vague por los senderos. Pero la puerta volvió a sonar. Golpes duros y certeros. Azira se levantó en ese mismo instante. Temiendo que sea alguien pidiendo socorro como ella lo hizo hace tanto tiempo atrás con los Messenger. Con cautela, esperando escuchar una voz rezando por ayudar, Azira sólo recibió el golpetear de la puerta. Ella abrió la puerta y por un instante pensó que se trataba del señor Crowley. Que él había buscado por cielo y tierra por ella. En medio de la tormenta, los copos de nieve decorarían sus flamantes cabellos rojizos. La miraría con esos encantadores y hermosos ojos amielados y la tomaría en un fuerte abrazo y beso. Todo quedaría atrás, todo fue un mal sueño superado. Su sabor sería el mismo. Aquellas grandes y fuertes manos la tomarían donde sea. Y Azira lo permitiría.

Azira FellDonde viven las historias. Descúbrelo ahora