Cuando Jake Sully huye con su familia hacia el arrecife de los Metkayina, buscando refugio de la amenaza del coronel que casi destruye todo lo que ama, nunca imaginó que el verdadero desafío no vendría de sus enemigos, sino de la propia Eywa.
Neteya...
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¿Qué podían hacer más que únicamente obedecer? Jake Sully, lleno de frustración porque sus hijos no acataban órdenes tan sencillas como llevarse bien con los Metkayina—especialmente con los hijos del jefe—, quería arrancarse la cola de la desesperación.
—¿Tú dónde estabas? —Neytiri afrontó a su hijo mayor con una mirada penetrante.
—Te pedí que cuidaras a tu hermano —expresó Jake, su voz cargada de decepción.
Neteyam, buscando una respuesta correcta que satisficiera a su padre, fue bombardeado sin que le dejaran contestar. Jake le repitió todas las responsabilidades que el joven conocía al pie de la letra. No descuidar a sus hermanos. Mantenerlos a salvo. Ser el ejemplo.
—Lo siento, señor —susurró Neteyam, abrumado por el peso de las palabras.
La sorpresa en Ao'nung fue evidente cuando escuchó las palabras de Lo'ak tratando de quitarle un posible sermón a Neteyam de su padre. Lo tenía impresionado. Ao'nung ahora sentía que le debía una a ese muchacho rebelde.
Mordiendo su labio en frustración, elevó su voz.
—¡Oye!
Lo'ak giró.
—Gracias... lo siento.
Estático por un segundo, Ao'nung lo pasó por un costado, repasando en su cabeza las mil tareas que le quedaban por hacer.
Me sigue molestando. Pasaría un largo tiempo para que aquellos dos na'vi se llevaran bien.
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—Llegamos —Tsireya sonrió orgullosa, extendiendo sus brazos hacia el paisaje.
Rocas flotantes sobre el mar, lianas conectándolas de forma natural, y un enorme semicírculo de rocas al fondo. Ahí yacían los antepasados, abrazados por Eywa.
—Esta es la caleta de los ancestros. Aquí está nuestro lugar más sagrado —Kiri rebosaba de felicidad ante la belleza del sitio—. El mejor momento para venir es durante el eclipse. Debajo, en las profundidades, yace el árbol de los espíritus.