Cuando Jake Sully huye con su familia hacia el arrecife de los Metkayina, buscando refugio de la amenaza del coronel que casi destruye todo lo que ama, nunca imaginó que el verdadero desafío no vendría de sus enemigos, sino de la propia Eywa.
Neteya...
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El hogar se hacía cada vez más pequeño en el horizonte. Neteyam apretó la mandíbula mientras sus ojos ámbar seguían la silueta de los árboles que desaparecían tras ellos. Cada batir de alas lo alejaba del único lugar donde había crecido, reído, llorado y peleado. La tristeza se le clavó en el pecho como una espina.
Su ikran emitió un quejido lastimero que vibró a través del tsaheylu. El animal sentía los pensamientos abrumados de su jinete y se inquietaba con ellos.
—Está bien —murmuró Neteyam, acariciándole la cabeza con firmeza—. Es por nuestro bien.
El ikran lo miró de reojo por última vez. Luego reafirmó sus alas y volvió a concentrarse en la distancia.
Jake Sully observó a su hijo mayor durante varios segundos antes de desviar la mirada hacia Neytiri. Ella lo taladró con los ojos, y Jake sintió el peso de esa mirada como una condena.
Neytiri se había negado rotundamente durante días. La sola idea de huir de su hogar, de su clan, le revolvía el estómago. Veía las expresiones de sus hijos y se le partía el corazón. Para ella, lo correcto era defender el lugar donde sus niños habían volado con libertad, donde habían disfrutado de su origen sin miedo. Aun así, había cedido a la insistencia de Jake, a su voz desesperada que le rogaba entender. La desaprobación en su rostro era tan intensa que Jake no pudo sostenerle la mirada. Desvió la vista por completo.
Jake entendía a Neytiri. Mierda, si la entendía. Pero esta vez el miedo a perder a su familia lo había ahogado en la desesperación, obligándolo a recurrir al instinto más primitivo de cualquier especie en peligro: huir.
Para un exsoldado, un guerrero na'vi, un estratega experimentado, estar en guerra era como un juego de niños. Sabía cómo moverse, cómo atacar, cómo sobrevivir. Pero ahora, la mayor debilidad de Toruk Makto era su propia familia. Las manos de Jake temblaron sobre el cuello de Bob. Su fiel compañero se tambaleó suavemente en respuesta a sus pensamientos arremolinados.
Extrañamente, Kiri rebosaba tranquilidad. El cambio de lugar no la perturbaba. Lo que le dolía era dejar atrás a su madre. Su verdadera madre, encerrada en aquella cápsula en un estado durmiente. Kiri se preguntaba cuándo volvería a verla, si algún día podría hablar con ella.
No la malinterpreten. Kiri amaba a Neytiri con todo su corazón. La na'vi que la había criado, amado, aceptado como una más de sus hijos. Podía llamarla madre sin dudarlo. Pero tenía una conexión inexplicable con la na'vi que le había dado la vida, y esa conexión tiraba de ella como una cuerda invisible.
Lo'ak no lograba entender sus propias emociones. ¿Se sentía culpable? Solo había querido ayudar en esa maldita guerra. ¿Y qué había conseguido? Una reprimenda de su padre y un castigo. Habían capturado a Spider frente a sus narices. La mirada de impotencia de su madre. La sutil llamada de atención de su hermano mayor, mezclada con protección. Lo'ak no sabía si sentirse triste, desesperado o frustrado. Tal vez las tres cosas al mismo tiempo.