Cuando Jake Sully huye con su familia hacia el arrecife de los Metkayina, buscando refugio de la amenaza del coronel que casi destruye todo lo que ama, nunca imaginó que el verdadero desafío no vendría de sus enemigos, sino de la propia Eywa.
Neteya...
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Ao'nung no volvió a protestar. Acató las órdenes de su padre en silencio y se alejó del lugar con paso firme. Como próximo Olo'eyktan, tenía una responsabilidad que cumplir: escoger a su tsahìk. Tenía que ser una mujer bondadosa, sabia, con un carisma elocuente. Una tarea importante que Ao'nung pensaba cumplir a toda costa. No tenía tiempo para enseñarles a esos Omatikaya cómo sobrevivir en sus aguas cristalinas.
Tsireya, con el alma bondadosa que la caracterizaba, guió a la familia hacia su respectivo marui. En el trayecto, los chicos no pudieron evitar saltar sobre el camino extenso de redes que conectaba las estructuras.
El lugar los tenía maravillados. Los ilu se asomaron con curiosidad hacia los nuevos habitantes, silbando con emoción. Su cálida bienvenida fue salpicarlos con agua.
Tsireya rio con suavidad.
—Les agradan.
Eso era algo bueno. Algunos Metkayina —si no la mayoría— se distanciaban de ellos, creyendo en las palabras mordaces de su tsahìk.
Estúpidos, quiso gritarles Lo'ak.
Al llegar a su destino, Tsireya se despidió, recordándoles que al día siguiente iniciarían con lo práctico. Lo'ak le devolvió el gesto antes que cualquier otro de sus familiares. Varios pares de ojos recayeron sobre él.
—¿Qué tal? Lindo, ¿no? —mencionó Jake.
Neytiri dejó caer la manta que llevaba en las manos. Todos giraron en su dirección.
Tal vez adaptarse resultaría ser más difícil de lo que habían imaginado minutos antes.
El anochecer resultó ser bellísimo.
Sentada en la orilla, fuera del marui, Kiri sumergió sus pies dentro del agua que brillaba en varias tonalidades. Los ilu bailaban entre ellos, entrelazando sus cuellos, sumergiéndose y saltando con gracia. Los peces se arremolinaron alrededor de sus pies, dando vueltas sin detenerse.
—Amor, ¿todo bien? —Jake se sentó junto a su hija.
—Es extraño —Kiri observó atenta el comportamiento de los peces—. Desde que llegamos, siento algo diferente.
Jake, sin decir una sola palabra, la abrazó. Kiri se recargó ligeramente en su hombro.
Por otro lado, Neteyam recorría un largo trayecto en dirección a las montañas. Encargado del bienestar de los ikran, analizó la zona. Viéndose satisfecho, acarició suavemente el pico de Kiliath. El lugar se veía cómodo. Un área segura.
—Vendré seguido —cada ikran aleteó en respuesta—. Cuídalos, Bob.
El macho simplemente se elevó en el cielo, seguido por el resto de la manada. Neteyam observó a Kiliath, que aún seguía a su costado. Dándole una última caricia, se puso en marcha para regresar.