Cuando Jake Sully huye con su familia hacia el arrecife de los Metkayina, buscando refugio de la amenaza del coronel que casi destruye todo lo que ama, nunca imaginó que el verdadero desafío no vendría de sus enemigos, sino de la propia Eywa.
Neteya...
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Neteyam observaba serio el techo del marui. La necesidad del contacto físico, cada cierto tiempo, se volvía más insistente. Al principio había sufrido un colapso, no aguantando la enorme distancia con el hijo del mar. Su mal humor había sido el punto de quiebre que hizo que sus padres cedieran.
Lentamente, el creciente deseo sexual latente comenzó a clavarse en la piel de ambos. El hambre de contacto íntimo rasgaba las paredes internas de los dos na'vi.
Neteyam podría sobrellevarlo a la perfección, controlándolo con respiración y meditación. Ao'nung era otra cuestión completamente distinta.
En la profundidad de los sueños durante la madrugada, el joven Metkayina realizaba sonidos para nada sutiles que encendían la lujuria de Neteyam. Observándolo con necesidad, el Omatikaya pasaba sus manos por el firme pecho de su dormido compañero, subiendo hacia sus labios, disfrutando de las reacciones necesitadas que provocaba.
No sabía decidirse si sentirse extrañado, angustiado o simplemente dejarse llevar por el caluroso momento que únicamente él recordaría. Neteyam torció el gesto en preocupación. Eventualmente tendrían que tocarse de verdad, buscando reconfortarse mutuamente.
Esa imagen le producía muchas sensaciones en el estómago. No es que fuera malo tocar a un hombre—eso no le preocupaba—sino más bien el hecho de que fuera el hijo del jefe. Le resultaba inexplicable cómo Eywa había elegido precisamente a Ao'nung.
Neteyam suspiró. Pudo haber sido peor. Lo dejaba tranquilo el hecho de que conocía ligeramente a Ao'nung. Eywa había sido misericordiosa. Juntarlos como compañeros de vida, sabiendo sus diferencias, dejaba a Neteyam mucho en qué pensar.
Ao'nung se removió entre los brazos delgados que lo sostenían. Despertó de su excitante sueño con un jadeo. Sus ojos turquesa se perdieron en la mirada dorada que Neteyam le proporcionaba.
—¿Qué soñaste? —preguntó con curiosidad.
La mirada de Ao'nung se encontraba perdida, nublada por el deseo.
Sin que Neteyam obtuviera una respuesta verbal, Ao'nung acercó el cuerpo contrario al suyo. Soltó un sonido de clara satisfacción. Posicionó al Omatikaya encima de él, disfrutando del peso sobre su cuerpo. Sus manos recorrieron la espalda baja del joven, que únicamente atinaba a retorcerse por la intensidad del toque y la sensibilidad en la que su cuerpo se encontraba gracias al vínculo.
—¿Estás seguro? Puede ser peligroso.
Con dificultad, Neteyam trataba de regular su acelerada respiración.
—Solo quiero tocarte.
Ao'nung hundió su nariz en el cuello del Omatikaya, inhalando su fresco aroma. Mordió con gentileza su hombro. Neteyam gimió suavemente.
Sin llegar más allá que intensas caricias que los dejaron jadeando, el sueño volvió a su sistema de una forma demandante.
Esta vez fue el turno de Neteyam de experimentar la sensación de tener un sueño húmedo.