Capítulo - 6 La pesadilla

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Estuve un buen rato dando vueltas hasta que conseguí dormirme, pero tuve un mal sueño. Deambulada sola por los barrios más bajos y humildes de la ciudad. Era de noche. Las calles estaban desiertas y hacía mucho frio. Apenas se podía ver, pues una masa de niebla se hallaba por todo el suelo y apenas había farolas encendidas.

Mis pisadas hacían un ruido tremendo. Tras el contoneo de mis tacones parecía que me seguía alguien. Miré hacia atrás, pero no había nadie. Estaba asustada, pero seguí hacia delante. Poco después oí un ruido y volví nuevamente a mirar. Lo que pude comprobar era que, al fondo de la calle, entre la oscuridad, podía verse cómo unos ojos brillantes me acechaban. Lo pude ver por un momento, pues era algo difuso. Me sobresalté y asusté muchísimo. El miedo me superó: empecé a temblar y salí corriendo. No sabía qué era aquello; sólo pensé en salir de allí huyendo.

Corría y corría con la intención de alejarme, pero todo parecía ser en vano. Conforme más rápido corría más cerca parecía que lo tenía. Creí que estaba justo detrás de mí. Volví la cabeza para asegurarme y fue cuando aprecié lo que era...

Se trataba de un perro negro y enfurecido que me seguía intentándome alcanzar. Puse todo mi empeño y corrí lo más rápido posible, como nunca antes lo había hecho, pero no me sirvió de nada. Este me alcanzó y golpeó fuertemente en la espalda. Al mismo tiempo que me tiraba al suelo, grité y al segundo me giré. Cuando lo vi sobre mí con la boca abierta para morderme me desperté aterrada y empapada en sudor.

Eran las cinco de la madrugada. Debí de haber gritado en verdad, porque Nidala llegó hasta mi dormitorio soliviantada para ver qué me ocurría.

—¿Qué te pasa? ¿Te ocurre algo, Araci?

Apenas me salía la voz. Cogí una fuerte bocanada de aire y respiré hondo. Dejé escapar un suspiro tremendo acompañado de un gemido de consolación. Después me sentí algo más aliviada.

Nidala me volvió a preguntar:

—¿Qué te ha ocurrido? ¿Por qué has gritado de esa manera?

Volví a suspirar nuevamente sólo de pensarlo. Después le contesté.

—Una pesadilla, una pesadilla —le decía repetidamente—¡Madre mía, Nidala, qué miedo he pasado! Parecía tan real...

Ya veo, ya, qué barbaridad. Anda, tranquilízate y descansa, que mañana tenemos que trabajar y es tarde.

—Si, es cierto, Nidala. Bueno, dentro de unas horas habrá que trabajar, así que aprovechemos este rato. Anda y ve a dormir. Estoy bien. Siento haberte despertado. Se trata sólo de una pesadilla, gracias a Dios.

Nidala se marchó a su dormitorio habiendo entornado antes la puerta de mi habitación. Yo apagué la luz y volví a echarme en la cama el rato que nos quedaba.

Más tarde sonó el despertador y me incorporé. Poco después me levanté con muy pocas ganas de trabajar. Apenas había descansado y lo que realmente deseaba en esos momentos era dormir un rato más. Era muy temprano, apenas había amanecido y hacia un frió terrible. Salí de la cama y me fui al baño. Me di una ducha de agua caliente que me hizo reaccionar.

Estando en la ducha golpeó Nidala la puerta del cuarto de baño para ella poder entrar.

Araci, ¿té queda mucho? —preguntó—. Tengo que entrar a asearme yo también antes de irnos, no te demores.

—¡Ya he terminado! —le dije abriendo la puerta.

Después me fui al dormitorio y me vestí con un pantalón vaquero negro ajustado, una blusa de punto de manga larga de color marrón y unas botas. Acto seguido fui a la cocina y me puse a hacer café. Nidala no tardó mucho; prácticamente estaba preparada antes de que yo hubiera terminado de servir el desayuno y me sentara a la mesa. Ella llegó enseguida a la cocina y charlamos un poco mientras desayunamos café con leche y unas tostadas. Después nos fuimos. Cogimos cada una nuestro coche y nos marchamos al trabajo.

Estupor SobrenaturalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora