Al cabo de unas horas regresó. Traía puesta una vestimenta deferente y me impresionó. Le encontré irresistible, se le veía inmensamente sexy y cautivador. Vestía un suéter de cuello cisne en lycra de color canela que hacía que se marcara su ancha espalda y sus pectorales. Su fuerte cuerpo resultaba especialmente seductor. Igualmente llevaba un pantalón vaquero negro, ajustado y una larga gabardina negra que le caía con soltura.
No pude evitar lanzarle una mirada larga y embriagadora.
—¡Estás guapísimo! —exclamé.
A continuación, mis labios crearon un tierno mohín y me relamí. Mis ojos se ajustaron a su mirada perturbadora y la disipé en la nada. Hizo que me excitara y sentí una ola de calor interiormente. Le invité a entrar y le di tiempo a que pasase. Segundos después le recogí la gabardina y la colgué en un perchero que había cerca. Me limité a decir:
Espero que tengas hambre; la mesa ya está servida.
Aunque deseé por un momento echarme a sus brazos y besarle una y otra vez, pensé que sería mucho mejor dar tiempo a tiempo y pensar en mi relación con él.
Syler me había pedido formalidad y le debía una respuesta. Debía meditarla y tomármelo con respeto y paciencia antes de cometer ninguna equivocación.
Entramos en la cocina y nos sentamos a la mesa, uno frente al otro. Mientras comíamos hablamos de qué nos gustaba hacer un sábado o domingo. A él le encantaba jugar al ajedrez y todos los juegos de mesa mientras escuchaba música clásica de fondo o leer un buen libro. También le gustaban los ordenadores, el teatro y los videojuegos. En cambio, a mí me llamaban más otras cosas, aunque no me disgustaba su opinión. Pero gozaba más cuando salía y me relacionaba con mis amistades, ir al cine, a las salas de juegos —billar y bolera...—, a los parques de atracciones y sobre todo bailar en la discoteca.
Cambiamos opiniones. Al principio parecía ser que no coincidíamos casi en nada, pero resultó que en algunas cosas estábamos de acuerdo, pues los gustos del otro, aunque no nos encantaban, tampoco nos disgustaban, así que podríamos intercambiar opiniones y llegar a un acuerdo, como, por ejemplo, pasar la tarde del domingo jugando al ajedrez en casa, como fue el caso. El mal tiempo que hacia fuera no nos dejaba muchas otras opciones.
Cuando acabamos de comer nos dirigimos al salón. Mientras él se sentó cómodamente en el sofá, yo puse música clásica en el equipo. Estuve ojeando los CD que tenía sobre el mueble. Finalmente puse uno que no escuchaba desde hacía tiempo: «Las mejores melodías».
Era muy agradable escuchar esa música maravillosa mientras jugábamos al ajedrez y hacíamos tiempo hasta que llegaran Nidala e Yshiro, a los que esperábamos para ver las películas que habíamos alquilado.
Syler me había ganado unas cuantas partidas. Me miraba y se sonreía por mi torpeza. Comentó que debería de darme algunas clases para ponerme al día. Acepté. La verdad era que las necesitaba, pues no era muy buena; estos juegos no se me daban bien. Quedamos en vernos más a menudo y practicar.
Nidala e Yshiro llegaron sobre las nueve con el propósito de ver las películas. Traían pizzas recientes y algo de beber.
Cuando acabamos de ver las películas los chicos se marcharon y nosotras nos quedamos un rato hablando. Nidala seguía con la idea de que Syler y yo estábamos comprometidos. Me lo preguntó. Le dije que sí sólo por evitar darle más explicaciones, ya que serían muchas preguntas al respecto y había muchos secretos que guardar que ella no entendería.
Me felicitó por el compromiso que para ella ya era un hecho, aunque para mí no estaba lo suficientemente claro. Debía pensar muy en serio la propuesta de Syler. No quería decepcionarle dándole rápidamente un sí por respuesta y más adelante tener que dejarle y hacerle daño.
Pensé meditar mi respuesta y tomarme el tiempo que necesitara antes de responderle. Aunque lo nuestro parecía funcionar, nunca podría darlo por sentado, ya que yo estaba en una delicada situación debida a lo que me sucedía y lo que me había ocurrido.
Me marché a la cama pensado en la proposición de Syler y me quedé dormida.
Al día siguiente nos levantamos y nos marchamos a trabajar como cada mañana. El tiempo había empeorado: llovía muchísimo y el viento soplaba de forma muy violenta. No podríamos salir de la agencia e ir hasta ella nos supuso mucho esfuerzo. Trabajamos duro en su interior durante toda la semana lo que nos quedaba para terminar el proyecto del catálogo.
Ykore preparaba el decorado lo mejor posible antes de hacernos las fotografías para las que posábamos con cada diseño. Se tomaba muy enserio su trabajo.
A la salida me estaba esperando Syler para recogerme. Después nos marchábamos juntos a casa, donde practicábamos el ajedrez hasta que él me veía, que iba mejorando. A continuación, cenábamos.
Nidala se marchaba con Yshiro desde el trabajo y estaban juntos hasta hacerse de noche, cuando se iban cada uno a sus respectivas casas para dormir.
Así estuvimos hasta qué terminamos con los diseños que nos asignaron.
Una tarde en casa, Syler me preguntó si había pensado la propuesta que me había hecho la semana anterior. Yo había meditado mucho todos estos días respecto a la proposición formal del compromiso, pero aun así no sabia qué decirle. Estaba completamente enamorada de él y le hubiese contestado a la primera de cambios y sin rodeos, que sí, que era mi mayor deseo. Pero por otro lado estaba confusa: sabía que me ocurría algo y me perturbaba interiormente. Me imaginé que eso podría hacerle daño en cualquier instante y no podía permitirlo. No le respondí. Miré hacia el suelo con tristeza. Él me preguntó por segunda vez. De nuevo omití una respuesta.
No era mi intención quedarme callada, pero seguía confusa. Miré al vació y sin saber qué decir. Aunque mi deseo era decirle que sí a toda costa, algo había dentro de mí que me impedía hacerlo. En mi cabeza albergaba la incertidumbre: pensé que podría hacerle daño en cualquier momento. Algo me decía que no aceptara, algo que no quería que sucediera, algo que no haría ni en un millón de años...
Al no encontrar respuesta, Syler me cogió por la barbilla e hizo girar mi rostro hacia el suyo. Me volvió a preguntar. No halló respuesta. Después me miró a los ojos y me susurró:
—No me quieres, ¿verdad?
Yo levanté mi rostro, le miré fijamente a los ojos y respondí:
—Sí, Syler...Te quiero más que nada en este mundo. Pero... no quiero comprometerte... No podría perdonarme si te pasara algo por mi culpa.
—¿Por tu culpa?
Syler no podía creer lo que estaba escuchando. Se irguió suavemente hacia mi, me cogió y giró mi rostro de nuevo hacia él. Mientras me miraba directamente a los ojos dijo:
—No, cariño... Tú no tienes culpa ninguna. Sé que lo dices por lo que pasó con aquel tío en la plaza, pero no debes atormentarte por eso. Ya te expliqué que era y pasaría por eso una y mil veces por ti. Además, procuraré que no vuelva a pasar, tenlo por seguro... Yo te cuidaré allá donde estés. Te quiero sobre todas las cosas.
No podía creer lo que oía. Cada palabra que salía por su boca era música celestial para mis oídos. Me ablandé y de mis ojos nacieron varias lágrimas que recorrieron mis mejillas. Sus palabras me hicieron sentir muy emocionada. Me giré hacia él y le abracé. Seguidamente le besé... Después me limité a decir entre sollozos:
—Eres un cielo. Te quiero muchísimo. Siento tanto todo lo ocurrido...
—No tienes de qué disculparte, tú no has hecho nada, ¿me oyes? No tienes por qué lamentarte, no quiero verte triste.
Secó las lágrimas de mi rostro y me besó apasionadamente. A partir de ahí me dejé llevar...
Fuimos al dormitorio. Syler me besaba una y otra vez hasta llegar a la cama. Me tumbó sobre ella y allí gozamos de una apasionada e íntima velada... Me besaba, me acariciaba. Sus manos sobre mi piel parecían que hablasen en sutiles caricias.
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Estupor Sobrenatural
FantasyUna joven despierta de madrugada a la entrada de un bosque sin saber cómo ni por qué ha llegado hasta allí. Incapaz de recordar qué le ha sucedido, es atendida por un hombre que amablemente la lleva a su casa. Éste es el inicio de la historia de Ara...