El rey de los elfos

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Inclino la cabeza un pelín hacia arriba. Su mano todavía roza mi piel. Sus nudillos se apoyan debajo de mi barbilla.

-Bésame otra vez le pido con voz ahogada—. Bésame como hiciste esa noche en el castillo. Rindámonos a esta ensoñación, Eldas.

-No murmura. Todo en mi interior se estremece ante su negativa. Pero entonces me atrae hacia él y me sujeta con las manos más suaves que alguien podría imaginar—. No voy a besarte como aquel día. —Se me corta la respiración. A través del abanico de mis pestañas, observo cómo se inclina hacia delante.- Voy a besarte mejor.

Su otro brazo se materializa de entre la oscuridad, enroscado de repente en torno a mi cintura. Eldas me envuelve entre sus brazos y tira de mi cuerpo hacia el suyo por primera vez.

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