"Odiamos a alguien cuando realmente queremos amarle, pero que no podemos amar. Tal vez él mismo no lo permite. El odio es una forma disfrazada de amor" (Sri Chinmoy)
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Habían pasado tres días desde aquel fatídico suceso. El burdel, usualmente vibrante con risas, música de shamisen y el murmullo de conversaciones, se había sumido en un silencio sepulcral. No era solo la pérdida de vidas lo que había ensombrecido el lugar, sino las consecuencias que aquel incidente traía consigo.
Los cadáveres de algunos nobles y mercaderes acaudalados habían sido retirados con premura, y aunque el gobierno no prestaba mayor atención a la muerte de unas cuantas bailarinas y cortesanas, la de los hombres influyentes sí provocó un revuelo considerable. Las quejas de sus familias y asociados no tardaron en llegar a los oídos de las autoridades, y en los últimos días, el burdel se había visto invadido por guardias y oficiales que interrogaban a quienes trabajaban en el barrio rojo.
Para quienes habitaban esa zona de Kioto, la presencia de la ley no significaba justicia ni protección. Era más bien un estorbo, una amenaza latente. No solo se investigaba la tragedia, sino que, de paso, los oficiales inspeccionaban cualquier actividad ilícita en los alrededores. La venta clandestina de sal, las apuestas ilegales, los prestamistas despiadados y los ladrones que encontraban refugio en el distrito se vieron en peligro. Aquel evento había traído consigo un escrutinio indeseado.
Utahime no tenía conocimiento exacto de los motivos detrás del incidente, pero sí podía ver la creciente inquietud en el rostro de la dueña del burdel, Ogami. La mujer, que usualmente conservaba la compostura con la frialdad de alguien que ha sobrevivido en el mundo del placer por décadas, estaba al borde de un ataque de nervios. Había perdido a varias trabajadoras, su negocio estaba paralizado y, para colmo, el gobierno investigaba el lugar. Los clientes, especialmente aquellos de estatus alto, se mantendrían alejados por un tiempo. Nadie querría visitar un sitio marcado por la tragedia, donde las sombras de la muerte aún flotaban en el aire.
Utahime suspiró pesadamente.
"Ella debe estar furiosa", pensó mientras se acomodaba en el futón de su habitación. A diferencia de Ogami, para Utahime aquellos días de inactividad habían sido un respiro inesperado. Sus heridas, leves cortes provocados por la cerámica rota cuando fue empujada con violencia al suelo aquella noche, ya habían comenzado a sanar. Había dormido más de lo habitual, aunque el descanso no había sido reparador. Las pesadillas la perseguían, imágenes de cuerpos inertes y el sonido de los gritos aún se aferraban a su mente. Pero más que cualquier otra cosa, le preocupaba la pequeña Yuko.
"¿Estará bien?", se preguntó con inquietud. Era solo una niña… demasiado joven para presenciar una masacre.
El sonido de pasos suaves interrumpió sus pensamientos. Utahime alzó la vista y vio a Mei Mei entrar con su porte habitual, elegante y despreocupado. La cortesana llevaba un haori de seda lavanda con bordados dorados, dejando entrever la fina tela de su juban blanco debajo. A diferencia del elaborado maquillaje y los peinados ornamentados que usaba durante la noche, ahora su largo cabello plateado caía suelto sobre sus hombros, algunos mechones pegándose a sus mejillas debido a la humedad de la mañana.