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"Molestias"

A veces pienso que te odio porque tienes todo eso de lo que yo carezco y que me parece tan imposible de soportar. Pero luego me doy cuenta de que son justamente esas cosas las que adoro de ti.

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Estaba soñando de nuevo.

Esa era la única explicación que tenía. ¿De qué otra manera podría explicar que él estuviera aquí?.

Vestía esos tradicionales trajes de sacerdote, la sotana negra contrastaba con su piel pálida, y sus dedos jugaban con burbujas que flotaban en el aire, brillando con los reflejos del sol. Su cabello negro, con aquel peculiar flequillo desordenado, resaltaba junto con las perforaciones en sus orejas, un detalle casi irreverente para alguien de su posición.

¿Flequillo? Fue curioso que en su primer encuentro le llamara así, aunque él solo sonrió, respondiendo con un "anciano" en referencia a su cabello blanco.

Ambos actuaban como mocosos mimados, con la diferencia de que Suguru siempre supo mantener una máscara de cortesía frente a los superiores, mientras que él nunca se molestó en ocultar su desprecio. Pero no había forma de que estuviera aquí. No después de que...

—¿No hay forma de que esté aquí, cuando me mataste? ¿Es eso lo que piensas, Satoru?— sonrió, cerrando sus ojos, con esa expresión de tranquilidad que siempre lo había exasperado.

—Sí, debo estar soñando... Qué molestia— suspiró, observando el cielo despejado, con nubes blancas deslizándose con calma.

—¿Te da miedo? ¿Que me convierta en un horrible fantasma que te persiga todas las noches?— su voz tenía un tono casi divertido, como si estuviera disfrutando de su incomodidad.

Incluso muerto, este hombre seguía causando problemas. Ya tenía suficiente lidiando con el desastre que dejó tras su rebelión y los seguidores que aún mantenían su legado.

—¿Te arrepientes, Satoru? De haber matado a tu único amigo.

Su constante parloteo le resultaba fastidioso. Quería moverse, quería gritarle que no le importaba, que él mismo eligió su destino y que había hecho lo que debía hacer. Pero su cuerpo se sentía pesado, como si estuviera sumergiéndose en un océano de neblina.

Sí, había sido su mejor amigo, el único que realmente tuvo. Eso era un hecho que jamás podría cambiar.

Pero también fue la única persona capaz de herirlo de verdad. La única que lo traicionó.

Satoru flotaba en aquel espacio borroso, sin forma ni dirección. A su alrededor, los rostros de aquellos que había perdido se manifestaban en sombras difusas.

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