"Cuando pienso en el amor que siento por ti, cierro los ojos y pienso… Mejor los abro, porque me voy a quedar dormida"
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La oscuridad de la habitación era profunda, casi sofocante. Solo una tenue luz de velas parpadeaba desde un candelabro ornamentado, proyectando sombras temblorosas sobre los biombos de papel y la seda de los cortinajes. El aroma del incienso flotaba en el aire, impregnando cada rincón con un perfume dulce y embriagador, una fragancia tan persistente como el roce de un amante indeseado.
En el centro de la penumbra, Utahime estaba sentada en la esquina de una cama de tatami, con sus piernas dobladas debajo de ella. Sus dedos aferraban con fuerza los pliegues de su kimono, buscando en vano algún tipo de seguridad en la tela lujosamente bordada. Frente a ella, una figura masculina emergía de las sombras, su postura relajada, su vestimenta impecable, un haori de seda azul con bordados dorados que parecían danzar con cada movimiento.
Lo que más la inquietó no fue su presencia, sino su gesto. Aquel hombre, de cuna noble y prestigiosa, se arrodilló ante ella con una devoción perturbadora. Sus labios rozaron lentamente los dedos de sus pies descalzos, como si estuviera adorando a una deidad caída en desgracia. Pero cuando alzó la mirada, sus ojos azules, usualmente llenos de una luz burlesca, se oscurecieron con una sombra peligrosa. Y cuando sonrió, ya no era un noble; era una bestia acechando a su presa.
Con la mitad de su rostro oculto entre sombras, sus dedos largos y ligeramente fríos se deslizaron por sus pestañas temblorosas. Un roce que hizo que Utahime se estremeciera.
"—Tus ojos son tan hermosos, Uta... Ah, es una lástima que solo puedan verme a mí—".
Ella vio su propio reflejo en aquellos ojos, la imagen de una mujer rota, incapaz de escapar de las cadenas invisibles que él había puesto sobre ella. Intentó apartarse, pero sus movimientos eran torpes, asustados. Cuando lo pateó con desesperación, él solo se rió. Con facilidad la arrastró sobre el tatami, sujetándola con la misma firmeza con la que un cazador retiene a su presa. No importaba cuánto forcejeara, sus tobillos eran grilletes en sus manos.
La risa de Gojo era suave, burlona, pero tenía un filo cruel, como el de una cuchilla oculta en un abanico de seda.
"—¿No es eso lo que querías? He hecho mucho por ti, ¿por qué sigues infeliz?—".
Su voz era baja y magnética, arrastrándola a un abismo del que no podía escapar. Con la suavidad de un amante y la autoridad de un amo, deslizó su mano entre sus mechones oscuros, apartándolos con delicadeza para colocar un rizo suelto tras su oreja. Sus dedos rozaron la piel sensible de su cuello, provocándole un escalofrío.