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"¿Acaso me gusta?"

"Ser capaz de olvidar es la base de la cordura. Recordar incesantemente conduce a la obsesión y a la locura.”

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Aquí tienes la continuación ampliada y mejorada, respetando la ambientación de la época, la relación tensa entre Utahime y Gojo, y agregando detalles culturales y emocionales para enriquecer la escena.

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Los sabios decían que la paciencia era una virtud, una prueba de fortaleza reservada para aquellos capaces de soportar la adversidad sin quejarse. Las personas pacientes sabían esperar, entendían que no todo dependía de la voluntad propia, sino que algunas cosas solo podían lograrse con el tiempo.

La paciencia y el silencio eran atributos que Utahime había aprendido a cultivar con esmero. Para algunos, su actitud reservada podía confundirse con arrogancia o indiferencia, pero en realidad, ella sabía muy bien cuándo actuar y cuándo contenerse. La vida le había enseñado que, a veces, aparentar sumisión y obediencia era la única forma de sobrevivir.

Si no fuera por eso, ¿cuántas veces habría sido vendida o humillada por hombres codiciosos y crueles?

Confucio decía que quien no tiene paciencia para afrontar los problemas pequeños, difícilmente podrá resistir las grandes dificultades de la vida. Utahime lo sabía bien. La paciencia era un arma, una estrategia, una armadura invisible contra aquellos que buscaban doblegarla.

Sin embargo, incluso con toda su práctica y experiencia, no pudo evitar que la comisura de sus labios amenazara con torcerse en una mueca de desprecio. Bajó ligeramente la mirada, ocultando la hostilidad tras sus espesas pestañas.

El suave resplandor de las linternas iluminaba el salón con una calidez engañosa, reflejándose en las finas sedas que decoraban el lugar. El incienso flotaba en el aire, su aroma envolviendo el ambiente en una falsa sensación de calma. Pero Utahime no sentía paz.

—¿No dices nada? —Gojo avanzó con la misma ligereza con la que un gato acecha a su presa—. ¿A dónde fue la confianza con la que hablaste aquel día?

Su voz era un murmullo cargado de burla, pero en su tono también se percibía algo más… algo indescifrable.

No supo por qué experimentaba sentimientos contradictorios al mirarla. Por un lado, le irritaba su silencio, su obstinada serenidad. Por otro, sentía el impulso irrefrenable de molestarla, de ver hasta dónde podía llevarla antes de hacerla reaccionar.

No era como las otras veces, cuando su desprecio era dirigido hacia ancianos codiciosos o rivales en la arena política de los chamanes. En aquellas ocasiones, disfrutaba ver la ira reflejada en sus rostros. Pero esta vez era diferente.

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