Después de esa casi entrega, Ryan estuvo seguro de querer luchar por el amor de su luna. Ella debía quedarse con él. La alejará y esconderá de Bash. Si aún no la había encontrado, es porque no la siente. No la huele como él lo hace. Recordó sus besos inexpertos, el olor de su piel de porcelana. Estuvo a punto de hacerla suya. Estuvo a nada de poder reclamarla como su luna. No esperará a la luna roja, una vez esté lista la hará su esposa. Se arregló para volver a salir, quería volverla a ver. Le daría unas horas para que no se abrumara. Quería que pensara las cosas y se entregara a él por amor. Que correspondiera a lo que él siente por ella. Cortó algunas flores del jardín del castillo y salió feliz.
Vincent, que aún hace la guardia desde un árbol, lo ve salir y comienza a seguirlo con una distancia prudente al olfato del lobo. No podía ser descubierto, porque si no lo mata su amo, lo mata el lobito. Ryan saludó a varios hombres lobo, todos mayores. Con algunos bromeó sobre su próxima boda y con otros mantuvo conversaciones serias sobre el futuro del poblado.
Querían mover sus esfuerzos a modernizar sus estructuras.
Vincent observa todo desde la distancia. Caminó detrás del chico unas dos horas hasta que encontró la cabaña en medio de las provincias. Sin saberlo, la ubicación de la misma marca los límites de ambas. Vincent se alegró de no tener que volver a pisar el poblado repleto de "apestosos lobos", como él les decía. Llegó hasta su caballo para volver al castillo. Debía informar a su rey todo lo que descubrió mientras esperaba que el hombre lo llevara hasta su objetivo. Ryan tocó la puerta de la cabaña, esperando que Caroline estuviera despierta y dispuesta a conversar con él.
—Ryan —dice Caroline en medio de su confusión mental.
—Sí, amor. ¿Esperas a alguien más? —la joven mujer niega con su cabeza en repetidas ocasiones.
—Entra, debemos hablar —dice en un susurro.
—Lo sé, lo de esta mañana, yo... —Caroline se arrojó en los brazos del hombre, que confundido la recibe. La escucha llorar y no sabe qué hacer—. Amor, ¿qué te pasa? ¿Alguien te hizo algo? No llores, por favor.
Caroline niega y lo mira a los ojos. No sabía cómo preguntarle por su sueño. No sabía qué tanto él sabe de ese pasado, ni cómo lo tomaría. Ella sabe que los lobos y los vampiros viven miles de años, muy diferente a los humanos que, a pesar de ella ser hechicera, no es inmortal.
—Ven —entrelaza sus dedos con los del chico—. Tuve un sueño —tomaron asiento en un viejo mueble de madera.
—¿Ese sueño es el que te tiene así? —Caroline asintió.
—No sé si sabes o conoces a alguna Coral —el chico niega—. Bueno, no estoy segura, pero creo que te casaste con ella. Al menos en mi sueño me llamabas por ese nombre. La mujer vestía un vestido de novia y, bueno... —bajó la mirada.
—¿Qué? —pregunta con su corazón agitado. No recordaba a ninguna Coral, pero su corazón parece que sí la reconoció. Cerró sus ojos y comenzó a respirar profundo, le dolía el pecho, sentía la necesidad de llevar aire a sus pulmones.
—No sé, desperté cuando el coche cayó por el precipicio. No supe nada más —Caroline comienza a llorar fuerte—. Ella tenía mi rostro. Ella era yo —gritó fuerte, dejando al joven hombre perplejo.
Ryan no supo cómo reaccionar con toda esa información. Salió del lugar sin decir nada. Ni un adiós. Había algo de lógica en la versión que la chica le daba, y si era así, entonces él la podía reclamar como suya en la próxima luna. Si ya estaban casados, ¿por qué él no la recuerda? Entonces fue cuando recordó que en sus primeros años de vida perdió la memoria, pero al haber vivido noventa años ya había llenado su mente de recuerdos, obligándose a olvidar.
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La última hechicera
FantasyCarol Lombard, la última heredera de un linaje de poderosas hechiceras, creyó haber encontrado su destino al casarse con Bash Cowell, el temido rey de los vampiros. Pero su felicidad se volvió ceniza cuando, durante su ausencia, la caza de brujas ar...
