Román caminaba con la mirada baja y los enormes audífonos puestos, la música estaba a todo volumen, aislándolo del mundo.
No iba hacia ningún sitio en especial, sólo vagaba para distraerse. Kim se había ido hace cinco días, y lo único que sabía de ella era la información que pudo sacarle a Leo: había logrado entrar a la universidad que quería y estaba muy feliz de estar de vuelta en su hogar con sus amigos. Estaba contento por ella, pero la extrañaba.
Un fuerte bocinazo lo sacó de su pequeña burbuja; estaba a media calle con la defensa negra de un auto a pocos centímetros de su rodilla. Se bajó los audífonos, colgándolos en su cuello.
—¡Idiota!— le gritó el conductor asomando medio cuerpo por la ventana.
Los autos del otro carril también se habían tenido al igual que muchos peatones que se acercaban por pura curiosidad.
—Cuando el monito está en rojo, no te puedes cruzar— reclamó señalando el semáforo para peatones y utilizando un tono como si le estuviera hablando a un idiota.
En otro momento, el moreno posiblemente le hubiera contestado algo sarcástico e iniciado una pelea. Pero hoy tenía la mente en otro lado y ningún interés en tener problemas; terminó de cruzar la calle y se metió en un pequeño parque dejando atrás el alboroto que su casi accidente había causado.
No se volvió a colocar los audífonos, pero aún así lograba escuchar la canción que de ellos emanaba, sólo así se dio cuenta de los fuerte que había estado escuchándola. Metió la manos al bolsillo de su sudadera, desconecto y volvió a conectar el pequeño cable logrando que la música se detuviera, no tenía ganas de quedarse sordo.
Se adentró más al pequeño parque sin prestar mucha atención a las personas que paseaban o a los niños que recorrían el sendero del lugar en patines y patinetas.
No podía evitar que su mente viajara hacia Japón, hacia esa chica de piel morena, cabellos de colores imposibles y hermosa sonrisa que lo había vuelto prácticamente loco.
—Enamorarse es una mierda— susurró para sí mismo.
Veía todo sin mirarlo realmente, árboles, personas con sus perros. Nada parecía ser lo suficiente importante como para merecer su atención. Ni siquiera la bella chica de cabello corto que hacía ejercicio y lo miró con interés cuando sus miradas se cruzaron. Román no era ningún idiota, podía asegurar que ella quería que se acercara, pero no lo hizo.
Y de nuevo se encontró a sí mismo haciendo todo lo contrario a lo que normalmente haría; no es que se considere un mujeriego o algo por el estilo, pero siendo soltero no perdía nada con acercarse y conocerla para saber que pasaría. Antes le gustaba hacer eso.
Entonces lo notó, su vida se había dividido en un antes y un después de Kim. Tal vez fueran pequeños cambios casi imperceptibles para el resto del mundo pero él se sentía como una persona completamente diferente.
Estaba jodido, lo sabía.
El problema del después es que muestra una nueva forma de vivir la vida, y por más que se quiera no se puede simplemente volver al antes. Es como tratar de olvidar como andar en bicicleta, ya no puede seguir dando tumbos pues el cuerpo automáticamente andará.
Siguió su camino, dejando a la chica -y la oportunidad de una tarde divertida que ella representaba- atrás. Dio varios pasos más cuando lo vio, o mejor dicho, los vio.
El rubio estaba sentado en el pasto bajo un árbol, acompañado por dos chicos y tres chicas, abrazaba a una de ellas por la cintura y sonreía divertido hacia el resto. Ella también sonreía, enrollando un mechón de su cabello castaño en su dedo meñique y volviendo a acomodar. Kim hacia eso también, una manía de familia.
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¡¡BICHO RARO!!
Novela JuvenilKim no luce como las chicas a las que estamos acostumbrados ya que sigue una moda llamada gaguro y ella es feliz así, al menos en Tokio donde las personas pueden lucir como quieran sin ser juzgadas. EL problema es que a las personas de Pensilvania...
