Una semana.
Una maldita semana sin que Naruto diera señales de vida. Todos parecían preocupados, pero nadie movía un solo dedo, y Kakashi estaba harto, colmado de asco por la inacción.
—No puedo acercarme a su casa —gruñó entre dientes a Shikamaru, su voz temblando de rabia contenida—. El hijo de puta de su padre me puso una orden de restricción. ¡El muy cabrón tiene buenos contactos! No sé qué mierda le está pasando ahí adentro.
Su puño se apretó hasta que los nudillos crujieron. El estrés le devoraba las entrañas. Su madre le había prometido ayudar, pero hasta ahora no había recibido nada. Ni un mensaje, ni una pista. Nada que pudiera calmarlo.
—Minato tiene demasiado poder —murmuró, mirando el cielo con impotencia. Su amigo estaba en peligro. Lo sentía en los huesos. Necesitaban un plan. Y rápido.
Shikamaru soltó un suspiro tenso y asintió.
—Dame una hora y te diré si se me ocurre algo.
Se alejó justo cuando la campana comenzaba a sonar, dejándolo solo con su angustia.
Kakashi cerró los ojos, su mandíbula apretada.
—Naruto... —susurró con la voz quebrada—. Aguanta. Voy a sacarte de ahí.
Se dirigió al salón de clases con la mente hecha un caos. Su amado no estaba, no aparecía, y lo peor era que no tenía idea de cómo arreglarlo. Todo le pesaba. El silencio de Naruto, la impotencia, el miedo... Se dejó caer en su asiento mientras los demás alumnos comenzaban a llegar, ajenos a su angustia.
La clase empezó, pero para él no existía. Seguía atrapado en aquel último momento en que lo tuvo entre sus brazos. Recordaba su calor, su risa entrecortada, la forma en que sus dedos se aferraban a su ropa como si nunca quisiera soltarlo. Ahora... ahora todo eso se sentía tan lejano que dolía.
Pero el recuerdo se evaporó de golpe cuando la puerta se abrió y dos oficiales de policía entraron. Su mirada recorrió la sala hasta posarse en él. Un escalofrío helado le recorrió la espalda.
—Hatake Kakashi —pronunció uno de ellos con voz firme.
El otro se acercó sin darle tiempo a reaccionar y lo levantó del asiento antes de sujetarle las muñecas con unas esposas metálicas que hicieron un chasquido seco.
—Queda arrestado como principal sospechoso del secuestro de Uzumaki Naruto.
El aire le dejó los pulmones.
¿Qué?
Su mente se negó a procesar la acusación. ¿Naruto fue... secuestrado? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué nadie sabía nada? Todo a su alrededor se volvió un zumbido lejano. Los rostros de sus compañeros, la voz de la profesora protestando, la presión fría de las esposas en su piel. Se lo llevaron sin darle tiempo siquiera de oponer resistencia. No podía ni hablar. No podía pensar. Solo podía sentir el vértigo de caer en un abismo.
Y entonces, al salir por la puerta principal, sus ojos encontraron fugazmente a Shikamaru.
No dijo nada. No hizo nada. Solo lo observó en silencio antes de apartarse con una mueca de fastidio.
El estratega suspiró, pasándose una mano por el cabello antes de sacar el teléfono de su bolsillo.
—Esto va a ser aún más difícil...
Marcó un número con dedos tensos y llevó el celular a su oído, preparándose para lo que vendría.
Lo empujaron dentro de la celda como si fuera un perro callejero, sin la menor consideración. La puerta se cerró tras él con un chirrido metálico que le heló la sangre. El espacio era reducido, oscuro, con el hedor a humedad impregnado en cada rincón. Esto no podía estar pasando.
—¡Soy inocente! —gritó con la garganta desgarrada—. ¡Deberían estar buscando a Naruto! ¡No tengo nada que ver con esto!
Su voz rebotó en las paredes de la comisaría, pero nadie le respondió. Nadie se inmutó. Solo se escuchó el crujido de bolsas de plástico y el sonido molesto de alguien masticando. Los policías, despreocupados, se relajaban en sus sillas mientras comían sus snacks. Una carcajada burlona escapó de uno de ellos.
La desesperación le oprimió el pecho como un puño de hierro. Si Naruto realmente había sido secuestrado... ¿quién lo había hecho? ¿Por qué? Algo no encajaba. Algo estaba terriblemente mal. Esto no podía ser real.
Con un grito de furia, corrió hacia las rejas y las tomó con ambas manos, sacudiéndolas con todas sus fuerzas. El metal vibró, pero ni se movió un milímetro. Golpeó los barrotes con las palmas abiertas, su frustración transformándose en rabia pura.
—¡Mierda, déjenme salir!
—Tranquilo, cabrón —se burló uno de los oficiales sin siquiera mirarlo—. No queremos que te lastimes aquí dentro, que después es un chingo de papeleo.
Las risas estallaron a su alrededor, frías, indiferentes.
Kakashi cerró los ojos con fuerza, sintiendo una oleada de impotencia ahogarlo. Se frotó el rostro con las manos temblorosas y luego dejó caer una en su cabeza, apretando los dedos contra su cabello.
Su mente solo tenía espacio para una única pregunta.
"Naruto... ¿dónde estás?"
La oscuridad lo envolvía como un sudario. Apenas podía percibir algo más allá del eco distante de gotas estrellándose contra un charco, su sonido amplificado por el vacío que lo rodeaba. El aire denso estaba cargado de humedad, de algo rancio, de un hedor metálico que se filtraba por sus fosas nasales. No sabía dónde estaba. No podía ver. Solo sus oídos lo mantenían anclado a una realidad que se desmoronaba en sombras.
Intentó moverse, pero sus extremidades se negaban a responderle. Sus muñecas estaban atadas a su espalda, las cuerdas se clavaban en su piel. Sus piernas, sujetas a las patas de una silla fría y dura, apenas le permitían sentir el suelo. Un hormigueo desagradable recorría su cuerpo, recordándole que el tiempo había pasado... cuánto, no lo sabía.
Forzó un movimiento. Un intento desesperado. Y entonces la silla perdió el equilibrio. Su costado impactó contra el suelo con un golpe seco que le arrancó un jadeo. El dolor explotó en su costilla. Su respiración se volvió errática, entrecortada. En la penumbra de su mente, el miedo comenzó a enroscarse como un reptil frío.
Un sonido.
La puerta.
Se abrió con un chirrido, arrastrándose como si no hubiera sido usada en años. Pasos resonaron en la penumbra. Lentos. Medidos. El sonido de un depredador acercándose a su presa.
Y luego, la voz.
Distorsionada. Irreal. Como un murmullo arrastrado por un eco lejano.
Intentó enfocar su mente, pero su propio aliento tembloroso lo traicionó.
—Q... quiero irme... —su voz no era más que un susurro quebrado.
El otro se detuvo. Un instante de silencio se extendió como un filo en la garganta.
—Esto es lo mejor para ti.
Algo tocó su hombro. Luego, unas manos firmes lo levantaron con facilidad inhumana y lo devolvieron a la silla. La cuerda se tensó de nuevo, mordiendo su piel.
Un pinchazo.
Una aguja perforando su pierna.
El frío del metal. La certeza de que lo que venía después sería aún peor. Pero no pudo pensar en nada mas, ya que sintio como se volvia dormir en su posicion.
_____________________________________________
¡Hola! Muchas gracias por el capitulo de hoy, aunque siento que me quedo medio corto :( pero era exactamente lo que queria que pasar. Como veran, estoy tratando de mejorar la narracion >-< Espero que les haya gustado como lo escribi. ¡Besitos!
ESPACIO PUBLICITARIO:
¡Escribi una historia 100% orginal, de fantasia y elfos muy muy hermosos! Se llama "La guarida del dragón", se publica todos los domingos y la encuentran en mi perfil, me haria muy feliz si le das una oportunidad <3 ¡Gracias!
ESTÁS LEYENDO
TuOtraMitad.Com | KakaNaru | OMEGAVERS
FanfictionEl solo deseaba ser un omega, un dulce y tierno omega al que su alfa pueda mimar, abrazar y llenar de besos, caricias y regalos, poder tener muchos cachorros y... Miró la lista de la escuela que había sido colgada con los resultados de lo estudios r...
