Capítulo 2 - Odio

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Si había algo que caracterizaba a Naruto en ese preciso momento, era el profundo odio que sentía por sus propios genes.

¿Por qué tenía que ser un estúpido Alfa y no un hermoso y brillante Omega?

Se revolvía entre las sábanas, incapaz de encontrar consuelo. Desde aquel día, el asco hacia sí mismo no había hecho más que crecer, y las ganas de llorar no se habían ido ni por un segundo.

Habían pasado tres días desde que se encerró en su habitación. No comía, no bebía agua, no hacía nada más que hundirse cada vez más en su tristeza.

El sonido de golpes suaves en la puerta interrumpió su ensimismamiento.

—Cariño... —La voz de su madre, cálida pero preocupada, se filtró a través de la madera—. Sasuke ha venido a verte por tercera vez hoy. ¿Podrías abrirle la puerta?

El silencio fue su única respuesta.

Kushina suspiró al otro lado. Sabía que su hijo no cedería. Si ni siquiera Sasuke, su apoyo incondicional, podía hacerlo reaccionar, la situación era más grave de lo que pensaban.

Todos en la familia entendían lo importante que era para Naruto ser un Omega. Siempre lo había soñado, lo había planeado con la certeza de que así sería. Para Minato y Kushina, su hijo no era menos valioso por haber resultado Alfa. Lo amaban con la misma intensidad de siempre, sin importar qué.

Pero para Naruto no era tan fácil.

—¿Por qué no hablas conmigo? Sabes que nosotros... —intentó nuevamente su madre.

—Vete, mamá. Necesito estar solo.

Le dolió hablarle así. No quería herirla. Sabía que el amor de sus padres era incondicional, pero eso no disminuía la desilusión que lo ahogaba.

Desde la distancia, su mirada se posó en la pantalla de su computadora. Aquel anuncio seguía ahí, inmóvil, como si lo esperara pacientemente:

"Encuentra a tu verdadero amor. No importa lo que seas, siempre habrá alguien que te entienda. Comparte tus pensamientos y deseos.

Te esperamos en TuOtraMitad.com."

Lo había mirado varias veces. Dudaba, lo repensaba, pero siempre llegaba a la misma conclusión: hablar con extraños en internet sobre sus problemas solo lo haría sentir peor.

No sabía cuánto tiempo pasó desde que su madre se alejó de la puerta, pero esta vez, la voz que lo llamó fue la de su padre.

—Hijo... —Minato habló con suavidad, con la firmeza de quien entiende que el dolor no se puede apresurar—. Entiendo por lo que estás pasando.

Naruto apretó los ojos, conteniendo un nuevo llanto.

—Todos aquí te apoyamos y estaremos para recibirte cuando decidas salir —continuó Minato—. Te traje la cena.

Silencio.

Naruto no respondió, pero al escuchar la mención de la comida, su estómago vacío protestó con un retorcijón.

—Por cierto... —agregó su padre tras unos segundos de espera—, un chico de cabello gris trajo tus cosas. Dijo que te había encontrado bajo la lluvia y...

La puerta se entreabrió por primera vez en tres días.

Minato sintió que el corazón se le estrujaba.

Naruto apenas era la sombra de sí mismo. Su rostro estaba demacrado, la piel pálida y sus ojos hinchados y rojos de tanto llorar. La tristeza se aferraba a él como una segunda piel.

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