2. VIII

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La japonesa, amiga de Jennie, se miró al espejo recordando la noche anterior, la noche que tuvo junto a su novio, llena de pasión y de ardor. Se tocó el cuello recordando cada caricia y lamida de parte de su adorado y sexy amante.

– Buenos días. – la saludó el chico alto, de ojos verdes y de cuerpo esbelto.

El hombre se pegó a su espalda, chocando su miembro con el trasero voluminoso de la chica, que se arqueó al momento de sentirlo así, detrás de ella, besando su cuello y la piel desnuda de su espalda.

– Buen día. – le contestó ella con dulzura.

– ¿Por qué te has despertado tan temprano? ¿Te lastimé? – le preguntó el chico preocupado y ansioso.

La chica de muslos hermosos, se dio vuelta para quedar de frente a éste enigmático hombre con el que había quedado enamorada.

– ¿De qué hablas? No, es solo que fue tan hermoso que no me pareció real, tenía que comprobarlo. – le dijo la chica de piel dorada.

El hombre la tomó del mentón y acercó sus labios a los de ella, encerrándolos en un cautivo y largo beso. Los dedos del hombre pasaron de su mentón a su mejilla, haciendo que la joven se estremeciera y ella pasara su mano por el pecho de él causándole una sensación de ardor y placer que crecía con el rozar de la piel de su amado. Ella separó los labios de los de él y tomó aire, volvió a besarlo y lamió sus labios con dulzura y ternura. Mordió el labio inferior del chico y volvió a separarse del rostro de éste.

– Robert...

– Momo. – susurró él mientras intentaba regresar a su beso.

– Te quiero.

– También te quiero, Momo.

Jennie's pov

Después de salir de la oficina de Brad, Logan nos llevó en mi auto a un restaurante en el centro.

– ¿Te dije lo guapa que te ves con ese vestido? – agregó de repente.

Tomé el dobladillo del vestidito de flores entre mis dedos y jugueteé con él nerviosa. El color subió apresuradamente por mis mejillas, llenándome de un calor sofocante.

– No lo dijiste.

– Bueno, lo digo enserio. – agregó manejando hacia el restaurante. Tal vez eran sus ojos azules, pero había algo que no me permitía dejar de mirarlo.

– Gracias. – le conteste furtiva. – Me pregunto a donde es que vamos.

– Ya lo verás, nena. – me sonrió de costado para después guiñarme un ojo. – ¿Cómo te ha ido hoy en el trabajo? – me preguntó dirigiendo su mirada a la mía sin dejar de prestar atención al camino.

– ¿Por qué te interesa?

– Joder. – dijo con tono molesto. – No te quiero solo como amiga, Jennie, ¿Qué no lo entiendes? – agregó algo enojado.

– Lo lamento. – dije arrepentida. – Eres atractivo, pero estoy saliendo de una situación difícil y lo que menos necesito es distractores.

– No seré un distractor, lo prometo. – hizo un puchero con el labio inferior y me miró suplicante.

– No lo sé, Logan. A penas y te conozco.

– Hay mucho tiempo por delante, no te apresures, preciosa. – me miró de soslayo y con suspicacia chasqueó la lengua indiferente.

Me volví para ver el exterior. Los edificios estaban llenos de estrepitosa gente que venía e iba de lado a lado, convenciéndose a sí mismos de que el día terminaría pronto, cuando faltaban tres horas reglamentarias de labor docente. Lamí mis labios sutilmente y miré mi reflejo por el parabrisas, que se desvanecía poco a poco por culpa de la silueta de los edificios que pasaban repentinamente.

– ¿Tardaremos mucho? – le pregunté haciéndole caso a mi estómago suplicando por algo de comida. Me llevé las manos al vientre después de sentir un crujido viniendo del centro de éste.

– Solo unas cuadras más. – me sonrío seguro de sí.

Me le quedé viendo por un largo rato hasta que se dio cuenta y miró a mi dirección, cruzando nuestros ojos color casi idéntico. Solté un suspiro y con inseguridad desvié la mirada con nerviosismo. Parpadeé un par de veces y después junté mis manos sobre mi regazo.

– ¿Tienes mucha hambre? – me preguntó interesado.

– Demasiada.

– Bueno, es ese que ves ahí. – dijo señalando un lugar pequeño frente a nosotros. Tensó su frente y eso hizo que le nacieran algunas arrugas en el entrecejo y la parte superior de la frente, haciéndolo ver aún más apuesto que antes. La luz del sol obstruyó su mirada así que sacó con audacia sus gafas de su bolsillo y los acomodó perfectamente cubriendo sus ojos.

Logan bajó del auto y lo rodeó para dirigirse a mi puerta e invitarme a bajar del auto también. Me tomó de la mano y me escoltó a la entrada para encontrarnos con un hombre vestido adecuadamente para un restaurante. Las mesas eran de caoba, con manteles de seda y velas por doquier. El lugar estaba solo y callado, con un volumen bajo de música acompañado de flores en cada esquina. En el techo habían colgado tantas luces como se pudieran y eso le daba un aspecto muy romántico al lugar. El hombre nos llevó a una mesa llena de claveles y en medio una orquídea. Logan se pasó la mano entre sus cabellos castaños y terminó rascándose la nuca, causando que su estiramiento le levantara el saco del traje y dejar ver su cinturón.

– Siéntate. – dijo mientras recorría la silla hacia atrás invitándome a tomar asiento.

– Gracias. – hice una reverencia y le sonreí gentilmente.

– Por favor.

Él pasó a tomar su lugar en la silla frente a mí. Se quitó el saco y lo colgó decentemente a un lado de la mesa, donde se encontraba un sujetador. Se sentó con cuidado y me sonrió.

– ¿Por qué me miras así? – pregunté sintiendo el hervor de la sangre subiendo hasta mi cerebro.

– Eres realmente hermosa, Jennie.

Bajé la mirada y sonreí discretamente.

– No, no hagas eso.

¿Hace el qué?, pregunté mentalmente.

– Eso no es digno de una dama. Eres realmente hermosa, y no tendrías por qué avergonzarte de ello. Eres dichosa de sostener tanta belleza y no ser una... perdón por la expresión, pero no encuentro otra que lo describa mejor, no eres una zorra que se anda paseando por las calles esperando a su siguiente presa. Soy dichoso de haberte encontrado.

– De haberme tirado. – corregí intentando darle un poco de humor a la plática.

Ambos reímos irónicamente ante mi comentario.

Nos pasamos la comida entera hablando de nosotros, de la secundaria, los gustos en comida, ropa, aromas y toda índole de pláticas existentes. De vez en cuando coqueteábamos y nos cortejábamos. A la hora del postre, el vino venía haciendo ciertas cosas en mi organismo que no podía controlar de manera voluntaria, pero que pude controlar a lo largo de las mordidas que le dábamos al pastel de chocolate con frutos rojos.

– La cuenta, por favor. – pidió Logan al mesero que nos atendía.

El chico de ojos marrón asintió con la cabeza y se apresuró a traer la carpeta con el registro económico de lo que habíamos consumido a lo largo de la noche.



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Lamento si hay algún error.

Voten:))

sex instructor; jenlisa g!pHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora