Me convertí en ese salvavidas emocional al que todos se aferraban en sus momentos de desesperación. Mis días se llenaron de llamadas a medianoche, mensajes de auxilio y encuentros inesperados, donde me convertía en el refugio de las tormentas ajenas.
Me envolví en los problemas de los demás, absorbiendo su dolor y angustia, mientras dejaba que mi propia esencia se desvaneciera lentamente.
Cada sonrisa que ofrecía, cada palabra de aliento que pronunciaba, se convertía en un ladrillo más en el muro que construía alrededor de mis propios sentimientos.
Me perdí en el proceso de complacer a los demás, olvidando quién era realmente, olvidando mis sueños, mis deseos y mis necesidades. Me miraba en el espejo y apenas reconocía a la persona que veía;
Una figura desdibujada por la constante necesidad de ser fuerte para los otros, mientras mi propia fortaleza se desmoronaba en silencio.
Con el tiempo, comprendí que ser un salvavidas emocional no debe significar sacrificar mi propia felicidad y bienestar. Aprendí que es posible ayudar a los demás sin perderme en el proceso. Empecé a poner límites, a cuidar de mí misma con la misma dedicación con la que cuidaba de los demás.
Redescubrí mi esencia, mis pasiones y mis sueños. Y, aunque todavía me importa profundamente el bienestar de quienes amo, ahora sé que no puedo ser su salvación si no soy primero la mía.
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LO QUE PIENSO
RandomHi con mucho entusiasmo, les presento mi libro, una obra nacida del corazón de una chica de 16 años que busca cumplir sus sueños a través de las palabras. En estas páginas plasmé mis emociones, mis pensamientos y mis anhelos, con la esperanza de que...
