21 de junio
Me levanté a las seis y media como todas las mañanas desde que había llegado a casa de mis abuelos. Hoy era sábado y tenía que comenzar a trabajar a las ocho. Sin embargo, me calcé los deportivos y me vestí con ropa de deporte para salir a correr por la playa. Bajé por las escaleras de la casa, agarré las llaves y mi móvil. Me puse los auriculares y salí a correr.
Llevábamos aquí 65 días.
65 días sin Hanna a nuestro lado.
65 días escuchando a mi madre llorar.
65 días sin Álfonso.
65 días sin poder acostumbrarme a esta nueva vida llena de ausencia de seres que amo en especial Hanna.
Me encontraba corriendo de una punta a otra de la playa, sumida en la música, cuando de lejos vi una figura andar por la orilla. Conforme llegaba iba parando el ritmo.
-Buenos días, Juan -lo saludé.
El hombre de unos setenta años se quitó la gorra que llevaba y se limpió el sudor de la frente.
-Buenos días, Anahí. Te veo muy bien -respondió.
Él era una de las razones por las que estaba mejor, y con el terapeuta más bien superando el mal trago.
Como cada mañana, nos pusimos a andar juntos. Era reconfortante tener a alguien tan sabio dándote consejos.
-¿Qué tal todo? -me preguntó sacándome de mis pensamientos.
-Superándolo poco a poco -respondí con una sonrisa triste.
-Te entiendo -dijo-. ¿Has hablado con tu novio?
Reí.
-No sé tan siquiera si somos novios, Juan. -Me rasqué la nuca.
-¡Qué testarudos sois las generaciones de ahora, eh! -exclamó divertido-. Vamos a ver, niña, ¿a ti te gusta? -Asentí-. Pues ya está, os complicáis mucho la vida.
-No es tan fácil, Juan -respondí-. Ayer hablé con él y le dije todo lo que sentía. Tiene un hijo, pero no estoy preparada para enfrentar esa situación.
eso creo.
-Fuiste sincera y eso es lo que importa -contestó-. Ese hombre está coladito hasta los huesos de ti, se le nota.
-No lo conoces. -Reí.
-Pero lo sé -se tocó el puente de las cejas como si tuviera un sexto sentido-. Me recordáis mucho a mi mujer y a mí cuando éramos jóvenes.
Su mujer había muerte hacía un año.
-Estoy segura de que sí. -Sonreí-. La verdad es que me has ayudado mucho, Juan. Sobre todo a no carcomerme la cabeza con que la culpa fui mía.
-Sabes que no, por mucho que insistas. Tú no tienes la culpa de nada, solo fuiste una víctima más.
-Ya, pero a veces pienso que la que debería haber muerto era yo y no ella.
Paramos al lado del rompeolas y ambos miramos al horizonte. El agua estaba tranquila y cristalina.
-La vida nos hace vivir momentos duros para hacernos más fuertes -dijo Juan-. Arriésgate, Anahí. La vida son dos días y tienes que vivirla. No debes culparte de algo que no fue culpa tuya, no tienes que aislarte de la humanidad.
Vive, Anahí, vive y sé feliz porque, al fin y al cabo, somos recuerdos que algún día se perderán en la nada.
-¿Sabes cuál fue una de las cosas que más me gustaron de Alfonso? -le pregunté con la mirada fija en el mar.
-¿El qué?
-Nosotros no empezamos como se suele hacer, desde un principio fue especial -respondí sincera-. Considero que no tenemos que ser perfectos, que encuentras a esas personas en las situaciones que menos esperas. La casualidad o el destino, no lo sé. Lo único que sé es que quiero vivir, Juan. Quiero disfrutar de la vida y no encerrarme en mí misma. No quiero huir.
De repente, puso su mano en mi hombro y lo apretó. Lo miré y ambos nos sonreímos.
Encontrar a Juan un día por casualidad ha sido una de las mejores cosas para enfrentarme a mis miedos. Él, día a día, me ha ayudado a afrontar la realidad de la situación.
Sentada en la orilla del mar recreando la sesión con mi terapeuta.
-¿Crees que es el correcto? -le pregunté.
-¿Tiene las diez razones? - comento recuerdo, haber escuchado eso en algunas de nuestra sesiones
-Todas -respondí riendo.
-¿Qué sientes hacia él?
-Lo siento todo, siento que lo necesito a mi lado -contesté-. Me gusta estar con él. -A mi mente llegaron todos los recuerdos de los momentos que había pasado con Alfonso-. Me gusta que me abrace, que me apoye, que me haga reír y que sea maduro. Me gustan hasta sus imperfecciones, lo hacen único.
Olvidandome de el señor Juan y Mire mi reloj y me asombré al ver que eran las siete y media de la mañana.
-¡Ostras! -exclamé-. Tengo que irme ahora mismo a trabajar, Juan. Muchas gracias por todo.
Salí corriendo hacia casa escuchando como se reía a mis espaldas.
Llegué y mamá ya tenía mi desayuno listo, subí a ducharme y en cinco minutos bajé ya vestida con el uniforme. Me tomé el zumo de naranja y engullí una tostada. Mamá picoteó algo, pero nada más allá de unos bocados.
Ella también iba recuperándose poco a poco por no tener a Hanna con nosotras. No era facil para ninguna está nueva vida.
Era duro, sí, pero no podíamos pasar el tiempo, mucho menos volver atrás y cambiar las cosas. Algo que aprendí de mi terapeuta y que me repetía día tras día. No significaba que no sintiera pena y angustia, claro que la sentía, pero teníamos que seguir adelante.
-Mamá, come algo, anda -le dije con la voz tenue.
-No tengo hambre, cariño -intentó sonreírme.
-Llegaré a las dos, ¿vale? ¿Qué te parece si nos vamos luego a la playa? -le pregunté rozando su hombro.
Alguien tenía que ser la fuerte y avanzar, en este caso había tenido que ser yo en vez de mamá.
-Está bien, cielo -dijo-. Corre a trabajar.
Salí de casa cerrando la puerta y me dirigí al trabajo.
Mamá y yo estábamos bien, nos manteníamos con la pensión de viudez y mi sueldo. Ahora trabajaba en una tienda de ropa en el centro comercial que había allí. Me habían puesto como encargada dada mi experiencia y los idiomas que conocía.
Trabajé de ocho y media a dos de la tarde, atendiendo sobre todo a gente extranjera. Estábamos a principios de junio y debía empezar a pensar qué máster quería hacer. El problema principal era que me encantaba estar aquí. Este lugar era superpequeño, tenía playa y un centro comercial donde podías hacer vida social. Se respiraba la tranquilidad a pesar de estar en la temporada de verano.
ESTÁS LEYENDO
sobran razones para amarte
RomansaAdaptación, Adaptación, Adaptación. todos los derechos reservados a su autora. El hecho de coincidir contigo en esta vida es algo por lo que siempre viviré agradecido. Anahi Puente siempre se había considerado una mujer fuerte, romántica empedernid...
