15: Mi culpa.

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Alicia

*

Me despierto poco a poco y trato de asimilar donde estoy, mientras mis ojos se van acostumbrando a la falta de luz.

Axel está a mi lado y va conduciendo, vamos en un auto. Me incorporo como puedo y miro a mi alrededor, observando los árboles a los lados de la carretera y la noche nublada y humeda.

Observo a Axel, quien está concentrado en el camino y está completamente tenso, lo cual me hace tragar saliva.

No me doy cuenta de que estoy envuelta por unas gruesas mantas hasta que un poco del aire gélido se cuela bajo la tela y me impacta el pecho, provocándome escalofríos.

—¿A dónde vamos? —pregunto al no reconocer nada del camino que estamos tomando.

—Espera y lo verás.

Regreso la mirada a la ventanilla y me apretujo más contra las mantas, tratando de calmar el nerviosismo que me provocaba toda la situación.

Luego de un buen rato, nos desviamos a una zona de tierra y al final terminamos en lo que parecía una pradera libre en medio de la nada. Y es que debíamos estar muy lejos de todo ya que no se podía visualizar ninguna luz ni a la distancia.

—Puedes bajarte —dice axel mientras sale por la puerta del auto y se encamina a la cajuela. Yo salgo por la otra puerta aún envuelta en la manta y espero recostada del auto. Axel saca de la cajuela dos enormes clavos y unas cadenas y yo abro los ojos como platos. El nota mi preocupación—. Tranquila, no es para nada malo —dice y comienza a caminar, haciéndome un gesto para que lo siga.

Lo primero que hace luego de alejarnos un buen pedazo del auto es clavar los enormes trozos de metal en el suelo, como a cuatro metros uno del otro, y les enrolla las gruesas cadenas.

—¿Para qué es todo esto? — pregunto mientras observo que se deshace de su camiseta y la tira aun lado. El frío parece no importarle en lo mas mínimo, a diferencia de mi, que aún con las mantas me estaba congelando.

—¿Querías respuestas no es así? —se acerca y me coloca una daga y una pequeña llavecita en las manos— Ahora las tendrás.

Posteriormente se acerca a las cadenas, las cuales tienen una especie de esposas que el se cierra alrededor de las muñecas, quedando totalmente atado de manos y arrodillado en el suelo.

—Acércate.

Camino algo dudosa hacia el, con la daga en las manos, y debo admitir que todo esto me estaba asustando demasiado.

—Necesito que te hagas un corte con la daga en la palma de la mano.

—¿Qué? ¿para qu...

—Escúchame —me interrumpe— también tienes que herirme, y debes poner en contacto ambas heridas ¿Entendiste?

Esto parecía un jodido ritual del demonio. Me quedo inmóvil justo donde estoy, con el corazón latiendo a mil.

—Alicia —dice ahora con la voz mas suave— confía en mi.

Tenía que hacerlo. Si esto iba a darme las respuestas, tenía que hacer lo que me estaba diciendo.

Respiro profundo y sujeto la daga con fuerza, mientras la deslizo por la palma de mi mano, haciendo que esta sangre de inmediato. Contengo el dolor y me acerco a Axel quien asiente con la cabeza, y reuno todo el coraje que puedo para hacerle un corte en el hombro.

Con cuidado acerco mi mano a su hombro y rozo las heridas, y en menos de lo que me doy cuenta todo se vuelve negro.

Un zumbido ensordecedor impacta mis oídos y siento como si todo se desfigurara. No puedo abrir los ojos por mas que lo intento y unos segundos después, que parecen horas, vuelvo a recobrar los sentidos, pero ya no estoy en el prado con Axel, estoy en un lugar totalmente distinto.

Una chica con un vestido blanco pasa junto a mi, ajena a mi existencia, y es entonces cuando me doy cuenta de que esto se trata de una especie de recuerdo.

La chica sostiene una canasta y se detiene cada tanto a recoger algunas flores. Parece disfrutar enormemente de oler cada una. El paisaje consiste en una colina desde donde se podía ver un pequeño pueblito, al pie de esta. Parecía ser otra época, muy lejana del presente, y la vestimenta de la chica me lo confirmaba.

Una figura masculina pasa junto a mi y se acerca a la chica, dando la espalda de manera que no puedo ver su rostro, y ella corre a abrazarlo emocionada.

—Sabía que volverías —escucho que dice ella.

—Jamás te abandonaría —le responde el, estrechando su rostro entre sus manos para plantarle un beso corto—. Siempre volveré por ti.

La chica lo mira con ojos brillantes, completamente encantada. Estaba muy enamorada, de eso no cabía la menor duda.

—Las fronteras parecen seguras por ahora, no creo que haya que moverse en un buen rato —dice una voz tras de mi, y cuando veo a la persona pasar me quedo helada. Es Axel. Pero un Axel muy distinto, perteneciente a esa época, con las mismas vestimentas. Su cabello estaba mas largo, pero seguía siendo igual de robusto.

—¿No hay noticias de mi padre? —pregunta la chica, dirigiéndose a Axel.

—Aún nada —le contesta—. Tranquila, seguiremos buscando. No le harán nada mientras no puedan dar con nosotros.

La visión se desvanece y de pronto estoy en un escenario totalmente distinto. Ésta vez es de noche y estoy en lo que parece ser el centro de una plaza. Hay mucho fuego por todas partes, incendiando las casas alrededor, y lo primero que llama mi atención es el cuerpo de una persona en el suelo, mas específicamente una chica. Tiene una daga clavada en la espalda a nivel del corazón y un mar de sangre la rodea.

—¡Ana! —grita un chico, el mismo de la otra vez, corriendo hacia ella. Está lleno de enormes rasguños y no tiene casi nada de ropa. Las heridas comienzan a sanar mientras el sostiene a la chica en sus brazos en el suelo— no... no me hagas esto.

El chico comienza a llorar de una manera desgarradora, mientras acaricia el rostro de la chica.

—No puedes abandonarme.

Ver esa escena me hizo sentir un hueco en el pecho. Era muy triste ver aquello, ese chico había perdido a alguien que amaba.

—Te lo juro con mi ser —le susurra el chico al cadáver— juro que vengaré tu muerte. Lo haré pagar cada maldito segundo que te hicieron sufrir.

Y entonces la visión se desvanece y poco a poco voy volviendo a la realidad, y puedo sentir el aire gélido arrazar contra mi espalda de nuevo.

Despego mi mano de Axel, quien tiene la respiración demasiado agitada y está completamente sudado. Sus puños están apretados fuertemente y un hilo de sangre sale de sus muñecas, rodeadas de las esposas de metal ajustadas.

De inmediato tomo las llaves de mi bolsillo y lo libero, haciendo que caiga en el suelo boca arriba. Me arrodillo junto a el y le remuevo el cabello sudado de la cara, y luego le toco la frente. Está ardiendo.

—¿Estás bien? —pregunto, mientras acomodo su cabeza para colocarla sobre mis rodillas— ¿Qué fue todo eso que vi?

A el parece costarle abrir los ojos y todo en su rostro refleja sufrimiento.

—Es mi culpa —dice finalmente en un susurro—. Yo la maté, Ana está muerta por mi culpa. Y ahora mi hermano viene por ti.

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AxelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora