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Confesiones Culposas

El sudor recorría mi rostro, pegando mi cabello a mi frente, mientras corríamos hacia la cocina. Él no soltaba mi mano.

El miedo hacía retumbar mi pecho como golpes a un tambor. No quería que nos encontrara, no quería que nos viera, no quería que nos lastimara de nuevo.

—¡Corre más rápido, Heidren! —me gritó, jalando de mi hacia la cocina. Corría adelante, pero en lugar de sentir miedo, estaba cansado de permitirse aquel trato doloroso y cruel—. ¡Si te escondes no te hará nada!

Seguimos por el largo pasillo, la casa estaba desolada a esas horas de la noche ya que le exigían al personal de servicio irse recién el reloj marcara las 7:00 PM.

Las lámparas en cada lado de las paredes dibujaban sombras tenebrosas de nosotros mismos. Me asustaban, todo lograba asustarme: los gritos, los regaños, los truenos, la oscuridad, los lugares grandes y pequeños...

Ella...

Mi vista estaba hacia abajo, mis ojos estaban fijos en como su mano se aferraba a la mía para que no se soltaran. Choqué con su espalda y mi nariz recibió la peor parte, me la sobé con la mano libre soltando un ligero quejido.

Se había detenido al llegar a la puerta cerrada de la cocina, para nosotros (que medíamos un poco más de un metro) se veía inmensa, pero eso no le impidió ponerse en puntillas y tomar la perilla, la abrió como pudo y me hizo entrar cerrando nuevamente.

—Nos va a encontrar —dije, nervioso. Él ponía sillas contra la puerta para servir de obstáculo—. Nos... castigará otra vez.

Temí que de verdad nos encontrara y que el castigo fuese peor que el último. Mi cabeza me decía que sería más duro, malo y doloroso.

Mis brazos y piernas comenzaron a temblar y las ganas de llorar estaban a punto de volver.

Tomé mis manos y las apreté una contra otra como él me había enseñado para controlar mis nervios y evitar que temblaran, pero de nada serviría si nos veían.

Dejó la última silla y volvió a tomar mi mano y llevarme al fondo de la inmensa cocina. Abrió el compartimiento más pequeño al lado de la alacena, justo donde unas grandes telarañas se revolvían.

—Escóndete ahí, no te verá.

Me daban miedo las arañas, al ver el interior el pavor me advirtió que si entraba allí terminaría llorando del miedo.

Negué aguantando las ganas de llorar porque, aunque a mí no me gustara la idea, él lo hacía para cuidarme.

—Sabes que me asustan...

—Has un esfuerzo, ¿Acaso quieres el castigo?

Mi cabeza reprodujo todos los castigos anteriores, y tan solo imaginar la dureza del que venía me hacía temblar.

—No, pero —miré las telarañas, de verdad me asustaban. Comencé a hipear y a sollozar—, les tengo... miedo.

Él frunció los labios regresando la mirada a la puerta, luego al bulto de pequeñas arañas. Miró mis manos temblorosas, no pude controlarme incluso haciendo lo que me había enseñado.

De repente infló sus mejillas soltando una fuerte respiración por la nariz. Se agachó y empezó a quitar más telarañas con ambas manos. Estás se enredaban y adherían a ellas con todo y las arañas diminutas.

Temí que alguna pudiera morderle la mano, pero su acción fue rápida. Se levantó y sacudió las manos contra su short.

—Ya está —señaló—. Entra, rápido.

HEIDREN [Iguales: 1] (Completa ✓) ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora