DIEZ

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JIN

—Vamos a desordenar —resultó no ser una frase sexual, aunque Jin tal vez, más o menos, esperaba que lo fuera. Pero lo que Jungkook les hizo hacer, después de meter el plato de tortitas terminadas en el horno para mantenerlas calientes, fue desordenar el salón.

Tiraron y revolvieron los almohadones del sofá hasta que quedaron desordenados. Pusieron la mesa de centro de lado contra la pared. Todo era tonto y ridículo, pero cada vez que la voz de Vee amenazaba con resonar en la cabeza de Jin y decírselo, Jungkook hablaba delante de él, animando a Jin a tirar un libro al suelo o a levantar una esquina de la alfombra.

La mejor parte fue cuando entraron en la habitación de Jungkook y sacaron toda la ropa de cama que estaba pulcramente hecha -lo que hizo que Jin se preguntara: ¿la había hecho Jungkook tan pulcra para Jin?- y la amontonaron en el suelo, haciendo una especie de nido con las mantas y las almohadas.

Cuando el horno les avisó con un pitido, Jungkook repasó todas las opciones de cobertura con Jin, dejando que pusiera toda la nata montada y el sirope que quisiera, apilándolos en una torre considerable en un plato para los dos. A Jin le encantó que compartieran plato; había algo en ello que le resultaba acogedor e íntimo.

Volvieron al nido y, antes de que Jin se diera cuenta, se había comido casi todas las tortitas -"¡Qué ricas! ¡No me puedo creer que las hayamos hecho nosotros!"-.

Levantó la vista y vio a Jungkook mirándolo con las cejas levantadas.

Uy.

Jin había olvidado cuánto era normal que comiera un humano. Hacía tanto tiempo que no necesitaba comida humana que, por lo general, se limitaba a comer lo que le sabía bien y tenía delante. Había aprendido mucho sobre lo que era normal para los humanos a partir de todo lo que leía o veía, pero los libros no solían especificar las cantidades y, aunque en la televisión los humanos siempre tenían comida delante, rara vez parecían estar comiéndola realmente.

Jin se limpió una miga de la comisura de los labios.

—No era un número normal de tortitas para consumir, ¿verdad? —preguntó avergonzado.

Jungkook bajó la manta que había estado cubriendo parcialmente a Jin, mirando por encima de su forma ciertamente menuda.

—¿Adónde va todo esto? —preguntó, con una nota de asombro en la voz.

Jin se acarició el vientre y le dio a Jungkook la única tortita que le quedaba.

—Simplemente... puf. Desapareció mágicamente, supongo.

—Mágicamente... —musitó Jungkook, cortando su tortita.

Jin se lamió los labios -¿se había comido todas las migas?- y se dio cuenta de que, al hacerlo, los ojos de Jungkook adquirían esa mirada acalorada que había visto en ellos la otra noche. Porque Jungkook deseaba a Jin. ¿No era genial? Jungkook quería besarlo y tocarlo, y tal vez, si Jin se portaba bien, incluso le haría trabajar esa gran polla dentro de él.

Jin se retorció en su sitio sobre las mantas, teniendo sus sucios pensamientos mientras veía a Jungkook morder su tortita. Jin quería más lecciones -de verdad que quería más lecciones- pero no sabía muy bien cómo empezar. Sabía que los humanos podían coquetear y a menudo lo hacían, con distintos grados de sutileza, pero el cerebro de Jin no funcionaba así. Los dobles sentidos y los mensajes codificados no eran lo suyo.

Así que prefirió decir exactamente lo que pensaba.

—Quiero probar cosas de la boca contigo.

Jungkook se atragantó con el bocado de tortita que había comido y Jin empezó a darle golpes en la espalda en señal de ayuda, aunque no parecía tan útil como lo pintaban en la tele. ¿Quizá lo estaba haciendo mal?

MI PEQUEÑO VAMPIRODonde viven las historias. Descúbrelo ahora