Me olvidas?

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En el cielo azul, tan vasto y callado,
Lloran mis alas, el amor olvidado.
Azrael se ha ido, no queda su risa,
Solo el eco frío de su despedida.

¿Dónde están sus ojos, su voz, su calor?
Todo se ha perdido, todo es un rumor.
Dios lo arrancó de mi pecho en silencio,
Y ahora en mis manos, solo el vacío siento.

Lloro en los mares que mis lágrimas hacen,
Pero su memoria no regresa, se deshace.
El amor que fue, que vivió en mi ser,
Es una sombra, un sueño al amanecer.

Aún lo quiero, aún lo llamo en la brisa,
Pero el viento responde con cruel sonrisa.
Azrael no recuerda, su alma está lejos,
Y yo, prisionero, de estos viejos espejos.

¿Será que algún día el dolor cesará?
¿O en este olvido mi vida quedará?
Llevo su nombre, como un grito en el viento,
Pero ya no lo siente, ni sabe lo que siento.

El cielo sigue, su luz inmutable,
Pero mi corazón es un río incontrolable.
Olvidado en su mente, perdido en su ser,
Yo soy el que recuerda, el que no puede renacer.

En las alturas del cielo, donde la eternidad se despliega en un océano de luz y armonía, dos arcángeles vivían un amor secreto, profundo y eterno. Azrael, el Ángel de la Muerte, cuya misión era guiar a las almas a su destino final, y Leroy, el sabio protector, cuya sonrisa luminosa defendía la creación de las tinieblas. Juntos, compartían algo más que sus deberes celestiales. Entre las estrellas, en las esquinas olvidadas del firmamento, habían encontrado un vínculo que ningún otro ángel podía comprender: el amor.

Cada encuentro entre ellos era un susurro en el viento, un destello fugaz en la vasta inmensidad del cielo. Las alas de Leroy eran tan blancas como la nieve recién caída, mientras que las de Azrael tenían una tonalidad más oscura, como el crepúsculo antes del anochecer. Cuando estaban juntos, el tiempo parecía detenerse. Había una quietud, una paz que solo ellos podían sentir, como si sus almas se entrelazaran en un baile que ni siquiera los astros podían seguir.

Pero su amor iba en contra de las leyes del Cielo. El amor entre ángeles no estaba prohibido, pero lo que ellos compartían, una pasión tan poderosa que desafía los mismos decretos divinos, no podría mantenerse oculto para siempre.

Y así, ocurrió lo inevitable.

Dios, desde Su trono de luz inquebrantable, lo vio todo. No con ira, ni con rencor, sino con la sabiduría de alguien que sabe que hay leyes más allá del entendimiento mortal y celestial. Azrael tenía un deber: guiar a las almas, no perderse en el amor. Y Leroy debía proteger la creación, no permitir que sus sentimientos desviaran su propósito. Era imposible que el amor entre ellos coexistiera con la misión para la que habían sido creados.

Una tarde, mientras el sol ponía un manto dorado sobre la bóveda celestial, Azrael fue convocado al trono de Dios.

-Hijo mío -la voz de Dios resonaba con una mezcla de compasión y autoridad-, sé de tu amor por Leroy. Se que se aman, se todo
. . . Pero hay deberes que ni siquiera los ángeles pueden ignorar. Tu destino no está en sus brazos, sino en la senda que te fue trazada desde el principio de los tiempos. Leroy y tu son polos opuestos, es una total distracción hacia tu deber, su amor te volverá débil y compasivo . . .

Azrael, con el corazón encogido, no dijo nada. No podía negar lo que sentía, pero tampoco podía ir contra la voluntad del Creador. Sabía lo que venía, lo sentía en cada fibra de su ser.

ฺ݊◷໋͓֡🎟️᭄𝒟𝚎𝚜𝚙𝚞𝚎́𝚜 𝚍𝚎 𝚝𝚒🎻ཻུ𖢻ֹֺ໋᳝·݊Donde viven las historias. Descúbrelo ahora