Un año después de aquella vuelta de su luna de miel, la mañana del día 8 llegó nuevamente, con un aire de nostalgia similar al de aquella despedida en el aeropuerto, pero esta vez en su hogar compartido. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, bañando la habitación con un cálido resplandor que se extendía sobre Pedri y Gavi, quienes aún descansaban en la cama, envueltos en las sábanas y en una paz que solo la compañía del otro les daba.
Desde aquella vuelta, habían pasado tantas cosas: días repletos de risas, pequeñas discusiones, reconciliaciones dulces, y muchas noches de susurros a media voz, recordando lo vivido en la isla. La rutina había tejido sus propias tradiciones entre ellos: los desayunos compartidos en la cocina, las escapadas espontáneas y, sobre todo, la costumbre de detenerse a recordar esos días que marcaron el comienzo de su vida juntos.
Gavi se giró, abriendo los ojos perezosamente y encontrándose con la figura de Pedri a su lado, quien lo observaba en silencio, con una sonrisa suave.
—Buenos días, dormilón —murmuró Pedri, acariciándole el rostro.
Gavi sonrió, aún adormilado, y se acercó, abrazándolo con fuerza, como si quisiera atrapar el momento y no dejarlo ir.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Gavi en un susurro.
Pedri asintió, sus ojos iluminándose con esa chispa que siempre tenía cuando estaba feliz.
—Claro que sí, un año desde que volvimos de la isla. A veces siento que fue ayer… y otras veces siento que fue hace una eternidad —respondió, entrelazando su mano con la de Gavi.
Ese día decidieron celebrarlo a su manera: sin grandes planes, simplemente disfrutando de la compañía del otro, creando pequeños rituales que se convirtieran en recuerdos para el futuro. Fueron a su cafetería favorita, pasearon por el parque, y cuando la tarde comenzó a caer, regresaron a casa, donde Pedri había preparado una sorpresa.
Cuando entraron, Gavi se encontró con un pequeño rincón decorado con fotos de la luna de miel, velas y una botella de vino que había comprado especialmente para esa ocasión. La imagen de la isla estaba ahí, enmarcada en recuerdos que los miraban desde las paredes y los transportaban a esos días de sol y sal.
Pedri lo tomó de la mano, llevándolo al rincón decorado, y ambos se sentaron en el suelo, compartiendo el vino y las historias que ya conocían de memoria, pero que se sentían nuevas cada vez que las contaban.
—Gracias por hacer de cada día una aventura, aunque no estemos en una isla —dijo Gavi, apoyando su cabeza en el hombro de Pedri, cerrando los ojos y respirando profundo.
—Gracias a ti por recordarme que no importa dónde estemos. Mientras estemos juntos, estamos en casa —respondió Pedri, besando suavemente su frente.
El reloj marcó la medianoche y, sin quererlo, se quedaron dormidos, abrazados en ese rincón, rodeados de sus recuerdos. El viaje en la isla había terminado hacía un año, pero juntos descubrieron que lo importante no era el destino, sino seguir escribiendo su historia, día tras día, con la certeza de que cada amanecer era una nueva oportunidad para vivir, reír y amar.
Ya
