capitulo 11

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Caminaba por el bosque, cada paso hundiéndose en el suelo húmedo, como si la tierra misma tratara de retenerme. Acababa de enfrentarme a Danzō, de aplastarlo como el insecto que era. El peso de la victoria no traía gloria, solo más vacío. Mi mente estaba enredada en recuerdos y culpas cuando la voz más inoportuna del mundo rompió mi concentración.

—¡Sasuke! —gritó Sakura, corriendo hacia mí. 

Ahí estaba ella, esa insistente molestia que nunca entendió que entre nosotros no había absolutamente nada. La miré con desdén, ajustando mi espada en la espalda mientras su respiración entrecortada me indicaba que había corrido hasta alcanzarme. 

—¿Qué quieres, Sakura? —le dije con frialdad, mi voz carente de emoción. 

—¡Por favor, detente! —suplicó, sus ojos llenos de lágrimas ¿Solo sabía llorar?—. Sasuke, regresa a la aldea. Aún puedes. Todos te estamos esperando… Naruto te está esperando.

Ese nombre, otra vez ese maldito nombre. Como un golpe sordo en el pecho, una parte de mí se estremeció, pero no lo mostré. No podía permitirme flaquear. 

—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? —le gruñí, avanzando hacia ella, haciendo que retrocediera un paso—. No voy a volver a esa miserable aldea. No me importa lo que digas, no me importa lo que piensen. Ya no soy el Sasuke que conociste. 

—¡Eso no es cierto! —insistió, apretando los puños—. Tú no eres este monstruo. Naruto siempre lo ha creído, y yo también… 

—¡Cállate, Sakura! —le interrumpí, perdiendo la paciencia—. Naruto no sabe nada de mí. Y tú menos. 

De pronto, su rostro se endureció, y algo en su mirada cambió. Dio un paso hacia mí, extendiendo una mano temblorosa como si intentara consolarme. Pero su otra mano, escondida tras su espalda, me delató sus intenciones. Vi el destello metálico de un kunai. 

La dejé acercarse. La dejé creer que podía engañarme. Cuando finalmente intentó apuñalarme, esquivé su ataque con facilidad, sujetándole la muñeca y haciéndola retroceder con fuerza. 

—¿De verdad creíste que funcionaría? —murmuré con desprecio. 

Levanté mi mano, formando el Chidori. El relámpago crepitó con furia en mis dedos mientras avanzaba hacia ella. Sakura estaba paralizada, sus ojos reflejaban miedo. 

Entonces, un destello de naranja y amarillo se interpuso entre nosotros. 

—¡Basta, Sasuke! —gritó la voz que más temía escuchar en ese momento. 

Por unos segundos que se extendieron como horas, mis ojos se encontraron con los suyos: azules, vibrantes, tan llenos de vida como un cielo de primavera. El mundo se detuvo, el ruido del bosque desapareció, el crujir del Chidori se apagó. Solo estábamos él y yo. 

—Naruto… —mi voz salió apenas como un susurro. 

El rubio no me quitó la mirada de encima, su expresión era un revoltijo de emociones: ira, tristeza, determinación… y algo más que no podía identificar. 

—Sasuke… —dijo con voz firme, pero llena de una calidez que me desarmaba—. No voy a dejarte caer más. 

El peso de sus palabras me golpeó con fuerza. Algo dentro de mí quiso gritarle que se largara, que me dejara en paz, pero mi cuerpo ya no respondía. Caí de rodillas, el Chidori desapareciendo de mi mano mientras el cansancio acumulado por mis batallas me alcanzaba de golpe. 

Naruto se acercó rápidamente, inclinándose para sostenerme antes de que tocara el suelo por completo. Sentí sus brazos firmes, su calor... ese calor que siempre irradiaba y que odiaba tanto como necesitaba. 

—Aléjate… —le murmuré, mi voz apenas audible, pero el ojiazul me ignoró—. No soy bueno para ti, Naruto. Solo te voy a arrastrar a la oscuridad. 

—No me importa —contestó él sin vacilar, su mirada clavada en la mía—. Te prometí que te traería de vuelta, Sasuke, y no voy a romper mi palabra. 

Intenté apartarlo, pero mi cuerpo no tenía fuerzas. El agotamiento físico y emocional era demasiado. 

—Eres un idiota —murmuré, mis párpados comenzando a cerrarse—. Un completo idiota… 

Antes de perder la consciencia, sentí que me colocaba cuidadosamente en el suelo, escuché su voz, aunque ya no pude entender lo que decía. Mi último pensamiento antes de rendirme a la oscuridad fue un susurro dentro de mi mente, una verdad que nunca había querido aceptar: "¿Por qué no puedo odiarte, Naruto?"

"Será porqué..."

Entonces, todo se apagó.

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