9.4 Swear to my bones

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Abrí los ojos de golpe cuando el sonido de un fuerte golpe en la puerta me hizo saltar en la cama. Me tomó unos segundos ubicarme hasta que la puerta se abrió de un empujón, revelando la figura de Antony.

—Despiértate, Anon. Es domingo, y eso significa ir a la iglesia —anunció con su voz grave, mientras me miraba como si fuera obvio que debía saberlo.

La sorpresa me dejó momentáneamente sin palabras. Que yo recordara, Naomi nunca había mencionado que ella o su familia fueran a la iglesia, y mucho menos los domingos que yo la visitaba. Aún así, una imagen de esa cuchara de acero doblada como si fuera de papel cruzó por mi mente, y me convenció de que lo mejor era no hacer preguntas ni rechistar. Obedientemente, me levanté y Antony me guió hasta el baño.

—Tómate una ducha —dijo, con tono firme, antes de cerrar la puerta tras de sí.

Alcé una ceja, aún medio adormilado, pero no me molesté en discutir; después de todo, una ducha caliente era una oferta imposible de rechazar. Abrí el grifo, y cuando el agua empezó a correr, cerré los ojos, dejándome envolver por la calidez. No podía recordar la última vez que había disfrutado de una ducha tan relajante.

Al terminar, no pude evitar mirarme en el enorme espejo sobre el lavabo. Limpié el vapor con la mano, dejando un espacio para observarme mejor. Ahí estaba yo, con una toalla alrededor de la cintura, enfrentándome al reflejo. Sin pensarlo demasiado, flexioné los brazos, tratando de descubrir si acaso mis músculos eran menos... inexistentes de lo que recordaba.

—Dios... soy un completo flaquito —murmuré, resignado y un poco avergonzado de mi "físico".

Estaba tan absorto en mis pensamientos y en la desalentadora comparación mental con los músculos de Chad que no escuché el ruido de la puerta abriéndose. De repente, una voz detrás de mí me hizo voltear.

—¡Lo siento! —Era Naomi, parada en el marco de la puerta, con un rubor tan intenso que me hizo dudar de lo que acababa de pasar. La puerta se cerró tan rápido como se había abierto, pero en mi mente la escena se repitió en cámara lenta.

Por suerte, la toalla estaba bien colocada en la parte baja, aunque la vergüenza de haber sido visto en un momento tan ridículo me quemaba la cara. Solté un suspiro, intentando recuperar la compostura antes de vestirme con la misma ropa de ayer. Era muy temprano, y la posibilidad de que alguien estuviera pendiente de mi apariencia era mínima, o al menos eso me repetí.

Bajé al primer piso y miré mi teléfono: eran apenas las 6:30 de la mañana. Me preguntaba qué tan temprano planeaban irse y si de alguna manera podría escapar disimuladamente, pero mis esperanzas se desmoronaron cuando me topé nuevamente con Antony y Cassandra en la sala. Antony me ofreció café, y lo acepté sin dudarlo. Una dosis de cafeína era justo lo que necesitaba.

—Los otros domingos que vine Naomi nunca iba a la iglesia... —comenté, intentando abordar el tema con suavidad.

Antony, sin embargo, me interrumpió sin perder un solo segundo.

—He decidido hacer algunos cambios —respondió con un tono que dejaba en claro que esta era una decisión firme—. Hace unos años, teníamos la tradición de ir a la iglesia los domingos como familia, y pensé que sería bueno retomarla. Creí que ayudaría al proceso de sanación... ya sabes, para arreglar las cosas.

Me quedé pensativo, sorprendido de oír algo tan personal de su parte, aunque no sabía exactamente qué decir. Estaba por excusarme y salir de ahí cuando escuché pasos en la escalera. Naomi bajaba, luciendo ligeramente adormilada y con una expresión... ¿sonrojada? Apenas me miró y apartó la vista, volviendo a su habitual semblante neutral mientras murmuraba un saludo.

Dos perdedoresHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora