El sol de la mañana entraba por la ventana de Elisa, iluminando suavemente su habitación. A pesar de la fría llamada de su madre la noche anterior, el día comenzaba con una sensación de ligereza que Elisa no había experimentado en mucho tiempo. Aún recordaba las palabras de Brenda, la cercanía de esa última conversación, y cómo, por un momento, se sintió libre de todo lo que la ataba.
Se levantó con una pequeña sonrisa en los labios, tomándose un momento para respirar profundo y disfrutar de esa paz que, aunque efímera, valía la pena. Se alistó con rapidez, eligiendo un conjunto profesional que la hacía sentirse segura, pero sin dejar que la frialdad que la caracterizaba se apoderara de ella por completo. Se miró en el espejo antes de salir y, por un instante, se vio más humana, más vulnerable.
Cuando finalmente llegó a la empresa, el ambiente la envolvió rápidamente. Todo era frío, calculado, como siempre. Las personas se apartaban al verla pasar, algunas con una ligera reverencia, otras con una mirada temerosa. Elisa era la vicepresidenta de la compañía, la heredera del imperio Galina, y todos sabían que su presencia era sinónimo de seriedad y poder. Nadie se atrevía a cruzarse con ella sin razón.
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En la sala de juntas, los murmullos cesaron en cuanto entró. Su madre, Victoria Galina, la esperaba con la mirada fija en ella. La presidenta de la compañía no era solo una líder empresarial su actitud autoritaria y distante se reflejaba también en sus expectativas hacia Elisa.
-Puntual como siempre -comentó Victoria sin apenas mirarla, mientras tomaba un sorbo de su café.
-No podría ser de otra manera -respondió Elisa con una sonrisa fría, ajustándose en la silla frente a su madre. La conversación que se avecinaba sería, como siempre, tensa. Los nuevos proyectos, las responsabilidades, todo lo que implicaba su rol dentro de la empresa... pero nada de eso importaba ahora. Elisa estaba distraída, pensando en Brenda, en lo que habían compartido ayer, en la posibilidad de un futuro diferente.
El resto de la reunión fue una sucesión de palabras calculadas y decisiones frías. Elisa no mostró emoción alguna mientras escuchaba a su madre dictar órdenes y discutir los detalles de los proyectos que gestionaría a partir de ahora. Era como si su mente estuviera en otro lugar, luchando por mantenerse enfocada mientras el peso de la familia Galina y sus expectativas caía sobre ella.
Finalmente, tras horas de discusión, la reunión terminó. Elisa respiró aliviada cuando salió de la sala, pero no pudo evitar sentir la presión sobre sus hombros al regresar a su oficina. A pesar de todo, no podía negar que algo había cambiado en ella. Esa tarde, con la luz cálida del sol filtrándose por su ventana, Elisa sintió una necesidad de contacto, de conexión. Quizás, por primera vez en mucho tiempo, deseaba hacer algo que no estuviera determinado por su apellido o su rol en la empresa.
Sacó su teléfono y, sin pensarlo demasiado, escribió a Brenda:
-*¿Te gustaría cenar esta noche?*
El mensaje fue enviado y, al poco rato, llegó la respuesta:
-*¡Claro! Me encantaría.*
Elisa sonrió sin poder evitarlo, sintiendo cómo una pequeña chispa de felicidad se encendía en su pecho. Pero, justo cuando comenzaba a disfrutar de la idea de pasar una noche tranquila con Brenda, su asistente entró en la oficina con una expresión tensa.
-La señora Galina la ha llamado para una junta urgente, Señorita -dijo con voz suave, como si tratara de evitar que se notara la tensión.
Elisa levantó la mirada, su rostro ya volviendo a su habitual seriedad. No era momento para sonrisas. La llamada de su madre significaba que el día no había terminado. Con una leve inclinación de cabeza, Elisa se levantó, ajustó su chaqueta y se dirigió hacia la sala de juntas, consciente de que, por más que intentara escapar de la pesada carga de su apellido, siempre había algo que la llamaba de vuelta.
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