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Elisa sostuvo el teléfono con fuerza mientras giraba en una calle menos transitada.
—Elisa, ¿dónde has estado? —La voz de Victoria Galina era tan firme y calculada como siempre, con ese tono de desaprobación que Elisa conocía demasiado bien.
—Buenas Tardes a ti también, madre —respondió con sarcasmo, manteniendo la vista en la carretera.
—No estoy de humor para tus ironías. Te he llamado varias veces y no contestaste.
—Tenía el teléfono en silencio. Estaba ocupada.
—¿Ocupada con qué? —preguntó Victoria, con ese tono inquisitivo que hacía que Elisa sintiera que estaba siendo sometida a un interrogatorio.
—Con mi vida, madre. ¿Para qué me llamabas? —cortó Elisa, sin ganas de seguir con el jueguito.
Hubo un silencio tenso del otro lado de la línea, seguido de un suspiro apenas audible.
—Quiero que vengas a cenar esta noche —dijo finalmente Victoria, con ese tono que dejaba en claro que no era una invitación, sino una orden.
Elisa apretó los dientes.
—No puedo. Tengo planes.
—Cancélalos.
—No.
La frialdad en la respuesta de Elisa fue suficiente para que Victoria hiciera una pausa.
—Es importante —insistió su madre—. Se trata de la empresa.
Elisa bufó, sintiendo cómo la tensión le subía por la espalda.
—Siempre se trata de la empresa, pero nunca de lo que yo quiero.
—No seas melodramática. Hay cosas que debes entender, Elisa. No puedes seguir escapando de tus responsabilidades.
—¿Y cuáles son exactamente mis responsabilidades, madre? ¿Seguir pretendiendo que soy la hija perfecta? ¿Hacer lo que tú quieres? —Elisa dejó escapar una risa seca—. Lo siento, pero no.
—Escúchame bien, Elisa —dijo Victoria, con una dureza que hizo que a Elisa se le erizara la piel—. No voy a discutir esto por teléfono. Te quiero en la casa a las ocho en punto.
—No estaré allí —respondió Elisa, con firmeza.
—Entonces, prepárate para las consecuencias.
La llamada terminó con un tono seco y definitivo. Elisa bajó el teléfono y lo dejó en el asiento del copiloto, sintiendo cómo la tensión se apoderaba de su cuerpo.
Se detuvo en la esquina de una cafetería, tratando de respirar hondo. Su madre nunca tomaba un "no" como respuesta, y eso solo significaba problemas. Pero esta vez, Elisa no iba a ceder.
Miró la hora. Faltaban unas pocas horas para su cita con Brenda.
*Concéntrate en eso*, se dijo a sí misma.
No iba a dejar que Victoria Galina arruinara su noche.
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Brenda tomó su teléfono y deslizó el dedo sobre la pantalla hasta abrir la conversación con Elisa. Había estado arreglando se toda la tarde y se puso el vestido que Elisa le había hecho llegar como había dicho era un vestido negro ajustado, elegante pero con un toque de sensualidad. Brenda Quería que Elisa la viera y supiera, sin necesidad de palabras, lo mucho que significaba para ella.
