Elisa no recordaba la última vez que había llorado así. El dolor era punzante, como si una mano invisible le estuviera arrancando el corazón del pecho a tirones. No quería hablar con nadie. No quería pensar. Apenas comía. Apenas dormía. Solo iba a la oficina y regresaba a encerrarce.El departamento que antes compartía momentos cálidos con Brenda ahora era un santuario de silencio y recuerdos rotos.
Durante los días siguientes, se encerró en sí misma. Ignoró mensajes, llamadas, incluso la insistencia de sus amigas por saber si estaba bien. La única que se atrevió a cruzar la puerta fue su amiga, Diana quien la encontró sentada en el suelo del salón, abrazando una camiseta de Brenda como si eso pudiera calmar el incendio dentro de ella.
-No puedes seguir así, Eli -le dijo con ternura, mientras le acariciaba el cabello-. Sé que duele... pero no puedes quedarte aquí estancada. No eres tú.
Elisa no respondió. Solo cerró los ojos y apretó la prenda contra su pecho.
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Brenda, por su parte, se había convertido en un espectro de sí misma. Vagaba por las calles sin rumbo, sin rumbo ni destino. No había dormido bien desde aquella noche, y cada vez que intentaba cerrar los ojos, el rostro roto de Elisa volvía a perseguirla. La forma en que su voz se quebró al gritarle, la manera en que se apartó de su alcance como si fuera veneno... la consumía.
Intentó buscar explicaciones, repasar todo lo que había hecho, los motivos, las decisiones. Sí, en algún momento quiso venganza. Su madre había perdido todo por culpa de Victoria Galina. Pero jamás imaginó que, al reencontrarse con Elisa, sus sentimientos volverían con tanta fuerza, con tanto fuego. Amaba a Elisa. La amaba con cada fibra de su ser. Y por eso estaba dispuesta a hacer lo que fuera para sanar lo que había roto.
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Pasaron los días, y una tarde gris, cuando Elisa decidió salir por primera vez en semanas después de solo ir a la empresa y volver a encerrarce en su departamento Elisa salió para caminar por el parque donde solía ir, la vio. Brenda estaba allí. Sentada en una banca, con la mirada perdida. Parecía más delgada, más pálida, más vulnerable que nunca.
Elisa se detuvo. Dudó. Su corazón comenzó a latir con fuerza, con miedo... y con algo más. Brenda la sintió. Alzó la mirada. Y cuando sus ojos se encontraron, no hubo necesidad de palabras.
Brenda se levantó con lentitud, como temiendo que un movimiento brusco la hiciera desaparecer.
-Gracias por venir -dijo con voz temblorosa-. No sabía si lo harías. No sabía si te encontraría aqui. No sabía si me odiabas...
-No te odio -respondió Elisa, bajando la mirada-. Pero no sé si puedo perdonarte.
Brenda asintió con tristeza, pero en sus ojos brillaba una determinación feroz.
-No vengo a suplicarte que olvides lo que pasó. No vengo a pedirte que me perdones ahora. Solo... necesito que escuches lo que tengo que decir.
Elisa se mantuvo en silencio. Así que Brenda continuó:
-Cuando me acerqué a ti, al principio... sí, pensé en vengarme. Pensé que si te hacía sufrir, como tu madre nos hizo sufrir a nosotras, todo el dolor desaparecería. Pero desde el primer momento en que volví a verte, algo dentro de mí cambió. Fue como si todo lo que había planeado se desmoronara. Porque te vi... realmente te vi. No como la hija de Victoria, sino como tú. Como Elisa, la mujer que me hacía reír, que me hacía sentir viva. Y entonces entendí que lo que sentía por ti era más fuerte que cualquier odio.
Brenda dio un paso hacia ella.
-No puedo cambiar lo que hice, Elisa. Ojalá pudiera. Ojalá pudiera arrancarme esa parte de mi historia y dejarla atrás. Pero lo que sí puedo hacer es luchar. Luchar por ti. Por nosotras. Porque te amo, Elisa. Te amo de una forma que me asusta, pero también me da fuerzas. Y esta vez... no me voy a rendir. No voy a desaparecer. No voy a huir. Si tengo que demostrarte todos los días que mi amor por ti es real, lo haré. Con cada palabra, con cada gesto, con cada mirada. Porque prefiero pasar mi vida intentando reparar lo que rompí, que vivir sabiendo que te perdí por no intentarlo.
Elisa tragó saliva. Las lágrimas volvieron a asomar, pero esta vez eran diferentes. Había dolor, sí. Pero también había amor. Aún latía dentro de ella.
-Brenda... me rompiste el corazón. No sé si pueda confiar en ti otra vez. No sé si pueda volver a mirarte sin recordar esto...
-Entonces empezaré de cero -susurró Brenda, acercándose aún más-. Como si fuera la primera vez. Te volveré a enamorar, Elisa. Te haré sentir segura. Te haré sentir amada. Porque lo estás. Aunque no me perdones ahora, déjame quedarme a tu lado. Aunque sea solo para caminar contigo. Para merecerte, aunque sea poco a poco.
Elisa no dijo nada. Cerró los ojos. Su pecho dolía. Pero también algo dentro de ella se ablandaba.
-Tengo miedo -confesó-. No quiero volver a pasar por eso.
Brenda la tomó suavemente de las manos.
-Yo también tengo miedo. Pero prefiero tener miedo contigo, que vivir sin ti.
Elisa abrió los ojos. Sus miradas se encontraron de nuevo, y esta vez no hubo barreras.
-Una oportunidad -murmuró Elisa-. Solo una.
Brenda sonrió entre lágrimas, asintiendo.
-Y no la pienso desaprovechar.
Se abrazaron, por fin, como si el mundo se detuviera. Como si todos los fragmentos rotos empezaran lentamente a encajar. No sería fácil. El camino hacia la sanación nunca lo era.Pero ambas estaban dispuestas a recorrerlo... juntas.
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A veces, el amor verdadero no se trata de no romperse, sino de elegir reconstruirse juntas, incluso entre los escombros del dolor.
Para:Brenda
~Elisa
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