El sol apenas comenzaba a asomarse entre los edificios cuando Elisa llegó a las instalaciones del Grupo Galina. Las puertas de vidrio reflectante se abrieron automáticamente mientras los empleados inclinaban ligeramente la cabeza al verla pasar. Llevaba un traje negro de corte impecable, su cabello castaño perfectamente peinado y una expresión fría que parecía esculpida en mármol.
Pero detrás de esa fachada de seguridad y control, su mente era un caos.
—Señorita Galina, la presidenta y los directivos la esperan en la sala de juntas —anunció su asistente, entregándole una carpeta con los documentos del día.
—Gracias, Sofía —respondió Elisa con voz firme, aunque su mirada se clavaba en el reflejo de su propio rostro en una de las ventanas.
La reunión fue larga y tensa. Su madre, la presidenta, hablaba con su habitual autoridad, marcando cada palabra con precisión. Elisa asintió en los momentos adecuados, tomó notas y respondió preguntas con seguridad, pero en cada pausa, en cada momento de silencio, un nombre volvía a su mente: *Brenda.*
*"No puedo pedirte que te quedes y me ames, cuando mi madre le hizo daño a tu familia…"*
Las palabras que le había dicho a Brenda aquella noche hace cinco años volvían una y otra vez, como un eco implacable que retumbaba en su pecho.
—Elisa, ¿estás prestando atención? —la voz de su madre la sacó bruscamente de sus pensamientos.
—Sí, madre. Continúa —respondió con un tono frío
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Horas más tarde, en su oficina privada, Elisa finalmente pudo bajar la guardia. La habitación era elegante y minimalista, pero fría. Cerró la puerta, se quitó los tacones y se dejó caer sobre el sillón de cuero negro. Su teléfono vibró sobre el escritorio: mensajes de felicitación, solicitudes de entrevistas, viejos conocidos que de repente recordaban su existencia. Pero ninguno era de las personas que realmente importaban: *Diana, Nelly, Marcela… Brenda.*
Tomó el celular y buscó entre sus fotos antiguas. Allí estaba: una foto de hace cinco años, ella y Brenda riendo, con el viento despeinándolas y el atardecer tiñendo todo de dorado. Elisa sonrió débilmente mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Brenda… —susurró, sintiendo que su voz se quebraba.
Le dolía pensar en lo diferente que pudo ser todo si las circunstancias hubieran sido otras, si su madre no hubiera sido quien era, si el peso de su apellido no hubiera sido una barrera infranqueable entre ellas.
"Te amé, te amo… y siempre lo haré. Pero este mundo no nos deja estar juntas."
Respiró hondo y dejó el celular sobre la mesa. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando la ciudad extendiéndose bajo sus pies. Todo aquello, todos esos edificios, esa gente… todo era parte del imperio que algún día ella heredaría. Aunque no lo deseara.Pero, ¿a qué costo?
Había sacrificado su felicidad, su amor, su libertad, todo para cumplir con un destino que nunca eligió.
—Señorita Elisa, su madre la espera en su despacho —la voz de Sofía interrumpió sus pensamientos.
—Enseguida voy —respondió, secándose rápidamente las lágrimas.
Se ajustó el traje, se arregló el cabello y volvió a colocarse los tacones. Salió de su oficina con la misma mirada firme y controlada de siempre. Pero, por dentro, Elisa Galina era solo una chica atrapada en una jaula dorada, cargando con un amor que nunca pudo ser y con un corazón lleno de cicatrices que nadie podía ver.
