Una oportunidad

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Elisa ayudó a Brenda a entrar a su departamento con cuidado. La noche era silenciosa, rota solo por el leve sonido de sus pasos sobre el suelo de mármol. Brenda, todavía tambaleante, se dejó guiar sin oponer demasiada resistencia.

—Vamos, despacio —susurró Elisa mientras la llevaba hasta el sofá de la sala.

Una vez que Brenda estuvo acomodada, Elisa fue por una manta y la cubrió con delicadeza. Después, se quitó los tacones y se sentó en el suelo, justo al lado del sofá, con la cabeza apoyada en el borde y los ojos fijos en el rostro dormido de Brenda.

La noche transcurrió lentamente. Elisa permaneció despierta, vigilándola, asegurándose de que estuviera cómoda, de que no se ahogara si vomitaba. En algún momento, el cansancio la venció, y terminó dormida en el piso, con su mano rozando suavemente la de Brenda, como si temiera que pudiera desaparecer de nuevo.

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A la mañana siguiente

El sol comenzaba a filtrarse tímidamente por las cortinas cuando Brenda abrió los ojos. Su cabeza palpitaba con un dolor sordo y su garganta estaba seca. Se incorporó lentamente y entonces la vio: Elisa, dormida en el suelo, con el rostro sereno pero con ojeras marcadas.

Junto a la mesa de centro había una pequeña bolsa con una botella de agua, pastillas para el dolor de cabeza y algunas galletas saladas que Elisa había dejado. Brenda estiró la mano y tomó el agua, dando un largo sorbo antes de susurrar:

—Elisa…

Elisa despertó de golpe, sus ojos buscando a Brenda con urgencia.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz suave.

—Mejor… gracias —respondió Brenda en voz baja mientras bajaba la mirada—. ¿Cómo… cómo supiste dónde estaba? ¿Por qué fuiste a buscarme?

Elisa suspiró y se levantó lentamente, sentándose en el sofá, a una distancia prudente de Brenda.

—El guardaespaldas me llamó —respondió con sinceridad—. Me dijo que estabas mal… y no dudé ni un segundo en ir por ti.

Brenda asintió lentamente, pero su expresión se endureció.

—No tenías que hacerlo, Elisa. No quiero que te preocupes por mí. No quiero tu lástima.

—No es lástima, Brenda —respondió Elisa con firmeza—. Nunca lo ha sido. Me preocupo por ti porque te amo, porque siempre te he amado.

—¡No digas eso! —Brenda levantó la voz, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas—. No puedes decir que me amas después de todo lo que pasó. Después de tus mentiras, después de todo lo que escondiste… ¡No puedes, Elisa!

Elisa se inclinó hacia adelante, su voz subió un poco, pero no era agresiva, solo desesperada.

—¡Sí puedo, Brenda! Porque es la verdad. Sí, te mentí. Sí, te oculté cosas, pero nunca fue para lastimarte. Lo hice porque quería protegerte. Porque no quería que te alejaras de mí cuando supieras quién era mi madre y todo lo que ella le hizo a tu familia.

Brenda tragó saliva, el nudo en su garganta la estaba ahogando.

—Yo no quería enamorarme de ti, Brenda —continuó Elisa con la voz quebrada—. Pero lo hice. Y sigo amándote. No pasa un solo día en el que no me arrepienta de no haber tenido el valor de decirte la verdad antes. Pero estoy aquí ahora, y te estoy diciendo todo, sin esconderme.

El silencio se instaló entre ellas. Brenda miraba a Elisa, buscando en sus ojos algún rastro de falsedad, alguna sombra de mentira, pero no encontró nada más que amor y dolor sincero.

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