Hablar

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El auto de Elisa se deslizaba suavemente por las calles de la ciudad. El silencio entre ellas era cómodo, pero cargado de expectativas. Brenda observaba por la ventana, el paisaje urbano pasando rápidamente, mientras sus dedos jugaban nerviosos con el borde de su blusa. Elisa, por su parte, mantenía las manos firmes en el volante, su mirada fija en la carretera, pero de vez en cuando lanzaba una rápida mirada de reojo a Brenda, como si quisiera asegurarse de que seguía allí.

—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente Brenda, rompiendo el silencio.

—Es un lugar especial para mí —respondió Elisa con voz tranquila—. Espero que te guste.

Brenda asintió, pero no hizo más preguntas. La confianza con la que Elisa hablaba, la serenidad en su tono, la hizo sentir que no había razón para preocuparse.

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Después de un tiempo, el paisaje comenzó a cambiar. Las calles de la ciudad quedaron atrás y fueron reemplazadas por colinas verdes y un cielo más despejado. Finalmente, Elisa giró por un camino de tierra que las llevó a una pequeña colina con una vista impresionante de la ciudad a lo lejos. Había un árbol robusto en la cima y una manta extendida bajo su sombra.

Elisa estacionó el auto y bajó, rodeándolo rápidamente para abrirle la puerta a Brenda.

—Ven —le dijo con una sonrisa amable, extendiéndole la mano.

Brenda la tomó con algo de duda, pero permitió que Elisa la guiara hacia la manta. El viento soplaba suavemente, y el sol del mediodía iluminaba el lugar con un brillo dorado.

—¿Vienes aquí seguido? —preguntó Brenda mientras se sentaba en la manta.

—No tanto como me gustaría —respondió Elisa mientras sacaba de una pequeña canasta dos botellas de agua y un par de bocadillos—. Pero cuando necesito pensar o sentirme un poco más… conectada, este es mi refugio.

Brenda asintió lentamente. Había algo puro en ese lugar, algo que hacía que sus hombros se sintieran menos tensos y que el aire fuera más fácil de respirar.

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Elisa se sentó frente a Brenda, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre sus rodillas. La miró directamente a los ojos, y su voz sonó más firme cuando habló:

—Brenda, hay cosas que quiero decirte… cosas que mereces saber. Pero no voy a forzarte a escuchar si no estás lista.

Brenda respiró hondo, cerró los ojos por un momento y luego los volvió a abrir.

—Dímelo, Elisa. Estoy aquí, ¿no? Quiero entender.

Elisa asintió y tomó aire antes de comenzar.

—Mi madre… ella no era una buena persona. Sé que lo sabes. Pero lo que tal vez no sepas es cuánto control tenía sobre mi vida, sobre mis decisiones. Siempre quise alejarme de ella, de su sombra… pero nunca fue fácil. Cuando te conocí, sentí que por primera vez podía ser alguien más, alguien libre de todo eso.

Elisa hizo una pausa, su voz temblaba ligeramente.

—Cuando supe quién eras, cuando supe lo que tu familia había sufrido por culpa de ella, quise alejarme. Pero ya era demasiado tarde. Ya estaba enamorada de ti. Y en lugar de ser honesta, elegí ocultarlo, elegí mentir. Fue egoísta, lo sé, pero no podía soportar la idea de perderte.

Brenda la miraba con los labios apretados y los ojos llenos de lágrimas. No dijo nada, así que Elisa continuó.

—Intenté enfrentarla. Intenté romper los lazos, pero ella… siempre encontraba una manera de volver. Y cuando todo se derrumbó entre nosotras, cuando descubriste la verdad… me odié a mí misma por no haber tenido el valor de decirte todo desde el principio.

Un camino Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora